El Rocío perenne

Una mujer y una niña rezan ante la Virgen del Rocío, agarradas a la reja de su altar. Una mujer y una niña rezan ante la Virgen del Rocío, agarradas a la reja de su altar.

Una mujer y una niña rezan ante la Virgen del Rocío, agarradas a la reja de su altar. / alberto domínguez

Un año más respondemos, desde los lugares más diversos, a la llamada de la Virgen. Lo hacemos con espíritu de fiesta, con devoción a la que es Rocío del Cielo, con vivencias de fraternidad. Pero, dado que lo humano se convierte en acontecimiento sólo si tiene sentido, creo que cada año debemos recuperar el sentido perenne del Rocío y su valor en el día a día de los devotos.

Entre lo perenne del Rocío hay que situar, en primer lugar, la dimensión festiva. Es cierto que algunos es lo único que ven y además lo hacen de un modo parcial: fijándose sólo en lo externo, es decir, en lo efímero, en lo pasajero. Olvidan éstos que la alegría es uno de los rasgos de nuestra gente y que, en la fiesta, lo que celebramos es la vida. La alegría es uno de los dones de Cristo Resucitado -"Se llenaron de alegría al ver al Señor"- y una de sus promesas más queridas -"Os daré una alegría desbordante que nadie os podrá quitar"-. Pero, si los extraños no lo perciben, los rocieros no lo pueden olvidar. Nuestra alegría brota de un corazón que ama la vida, que rebosa fe y que renace cada día por la esperanza. Por ello, vivimos con entusiasmo a pesar de los golpes de la vida. Como el apóstol Pablo, podemos sentirnos acosados pero no abandonados, derribados pero no aniquilados. El peregrino, cansado y lleno de polvo, ve que su ánimo se renueva cuando se coloca a los pies de la Virgen y siente en su corazón la bondad de su mirada.

El peregrino ve que su ánimo se renueva cuando se coloca a los pies de la VirgenEl Rocío del día a día es el que cada uno vive en medio de la lucha por salir adelante

Y, junto a la fiesta, el encuentro con los hermanos es otro de los valores perennes del Rocío. La hermandad, el camino, la convivencia, los momentos religiosos intensos junto a la Virgen como es la Misa del Real o la procesión y, por qué no, los cantos y bailes de nuestra tierra, tienen una dimensión de encuentro entre personas que cobra su verdadero sentido en la conciencia de que, ante todo y sobre todo, somos hermanos. Y esto brota de la conciencia de filiación. Hijos de la misma Madre y, por ello, hermanos los unos de los otros. En el mundo rociero ha de ser un afán permanente vivir la fraternidad, sentirse hermanos y vivir de acuerdo con lo que eso significa. Este valor es lo que lleva a superar las diferencias y desencuentros que, a veces, por nuestra condición humana, aparecen en la vida de las hermandades. Nunca la diversidad de opiniones o preferencias puede ser un pretexto para la división. Por el contrario, debe ser una oportunidad para crecer en la fraternidad. Sólo se puede ser un buen hijo de tan gran Madre siendo un buen hermano de sus otros hijos.

Otro de los valores permanentes del Rocío es la peregrinación como metáfora de la vida. Vivir es peregrinar. La alegría del comienzo se va asentando a medida que avanzan los días y el cansancio, las incomodidades y los imprevistos hacen que aparezcan sentimientos y vivencias que dejan ver, en unos casos, lo mejor de nosotros mismos y, en otros, nuestras sombras y limitaciones. Pero la vida es así. En nuestro peregrinaje, pasamos por múltiples situaciones y, al mostrarnos como somos, nos permitimos madurar, crecer, superarnos. Pero lo más importante, lo que nos sostiene y nos hace avanzar es el destino hacia el que nos dirigimos. Lo que sostiene al rociero, que se enfrenta a las arenas y a las aguas, que soporta el sol del mediodía y el frío de la noche, que sufre la sed y el cansancio, es la seguridad de que en la aldea espera Aquélla a la que quiere como hijo porque sabe que Ella le quiere como madre. A este valor hay que vincular la reflexión, la toma de conciencia. Hay muchos momentos en el camino para entregarse a los pensamientos. Cuando caminamos solos y cada uno a su ritmo, en el silencio de la noche roto tan sólo por los sonidos del campo, sentado en un rincón de la ermita absorto en Ella sin que el trasiego de los peregrinos nos entorpezca... Son momentos en los que sentimos la invitación a entrar dentro de nosotros mismos, al santuario interior, para entablar con Ella esa conversación entre hijo y Madre llena de confidencias, de deseos, de súplicas y de acción de gracias.

Y ¡cómo no! La celebración es otro de los valores permanentes en el que quiero insistir. Sabemos lo que hemos avanzado para hacer de las celebraciones momentos profundamente religiosos. Pienso en la Misa del Real, con la marisma repleta de luz, el domingo en el que la Iglesia entera vive la efusión del Espíritu, cuando la Palabra de Dios suena vigorosa y los cantos de alabanza unen los corazones. Pienso en el rosario, cuando, en la noche, hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños, unen su voz para clamar: ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros! Y pienso en la procesión, cuando la Madre sale a visitar a sus hijos y a escuchar sus plegarias. Pero sobre todo, pienso en lo que esto encierra. Para nosotros toda celebración es, antes que nada y sobre todo, celebración de la salvación. La Virgen sostiene en sus manos al Hijo y lo muestra. Su mirada hacia abajo indica que está centrada en él y, con ello, nos dice como en Caná de Galilea: "¡Haced lo que él os diga!" Jesús nos la entregó junto a la cruz y nos entregó a ella. Por eso, sólo se puede ser hijo de María siendo uno con su Hijo.

Y, junto a estos valores que están siempre presentes, en el Rocío hay una dimensión que le hace muy cercano a cada uno. Es el Rocío del día a día, el que cada uno vive en medio de la lucha por salir adelante. Este Rocío es el que tiene lugar cuando la dicha se hace presente y uno besa la medalla de la Virgen para darle gracias, cuando el dolor y el sufrimiento irrumpen sin avisar y nos agarramos a Ella para encontrar fuerzas, cuando la duda ensombrece nuestra vida y la miramos buscando la luz y cuando el pecado nos atenaza y buscamos en Ella la mirada misericordiosa que nos ayude a levantarnos para seguir caminando. Este Rocío no suele aparecer en los medios de comunicación, pero es más denso y profundo porque hunde sus raíces en el corazón de las personas y de la vida, porque no se reduce a unos días, sino que está presente cada día y porque, al estar lejos del santuario, permite encontrar a la Madre y Señora en el propio corazón.

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