Romería del Rocío 2018

Huelva se adueña de la senda del camino antes de ver a la Virgen

  • Miles de peregrinos acompañan al Simpecado de la hermandad onubense hasta la entrada en la aldea

  • La Charca pone el punto de emoción en una jornada rociera para el recuerdo

Entre el canto de los helechos y los pinos. Con el polvo del camino que baila entre las palmas de los romeros al compás de sevillanas. Y el capricho. El antojo de la brisa de Doñana que cuando llega mayo vira su querencia hacia un Simpecado de hilo fino y chubasquero de falda larga. El deseo de las flores que se visten a escondidas de color al ritmo que marca la primavera. Que si no es con Huelva no se entiende ni el embrujo ni el misterio que sobrevuela una carreta de flores rosas y blancas con destellos de plata marinera.
Y ese es el Rocío de Huelva. El del peregrino infinito, el de la pureza blanca grabada en la chaquetilla del caballista, el de la medalla ennegrecida de tantos caminos, el de la cinta en el sombrero y el pañuelo amarrado en el cuello.
Tras la misa de romeros, a primera hora de la mañana, salió la Hermandad del Rocío de Huelva desde La Matilla. Segundo día de camino. Segundo día de emociones donde en el horizonte ya se encontraba el rostro de la Blanca Paloma. Con alguna que otra gota de agua, que terminó siendo un espejismo, salió la comitiva rociera por los caminos.
Y Huelva es la del peregrino interminable. De la que es imposible conocer la longitud que separa el primer rociero del último. El primer sombrero de paja del final de los vehículos. Y así una hilera incontable de cientos de devotos, rocieros y peregrinos de a pie pusieron la senda de las primeras huellas en los surcos de la arena dorada de tal forma de ir cada uno a su ritmo, con la tranquilidad de disfrutar del momento y sentir la naturaleza en los pulmones.
Cerca de dos horas antes que llegara el Simpecado a Gato para el tiempo del sesteo, ya había romeros que tomaban su tiempo de descanso. Las paradas de los peregrinos fueron muchas. Cualquier rincón era válido para elevar los pies o quitarse el calzado. Un quitamiedos en algún trozo de carretera, en la propia arena del camino, o simplemente sujetarse a su rama de árbol con romero. El pelotón rociero era largo como los pinos. Y la llegada del Simpecado en los diferentes puntos del camino era la principal pregunta al personal de apoyo. También la petición de agua y cerveza fue una constante con el paso de los minutos.
La estampa del Simpecado recorriendo los caminos fue como una historia contada envuelta de imaginación. Hacer realidad ese relato que contaron y que tanto se añoraba. Ese imagen congelada en el tiempo que de nuevo cobraba vida entre la verde arboleda y la nube de polvo. Abría paso a la carreta la hermana mayor, Cinta Burguillos, mientras que cientos de camisas blancas, pañuelos anudados, sombreros de paja y trajes rocieros engrosaban una caravana de onubenses de a pie que no cesaron de entonar sevillanas con la guitarra como mejor reclamo. Incluso se bailaron en las pequeñas parás del Simpecado gracias a corrillos improvisados. Y por detrás de éstos decenas de vehículos con el resto de la comitiva cerraban el largo cortejo onubense.
El Simpecado entró en su zona de sesteo de Gato a las 14:50 al compás de palmas por Huelva. Allí, en mitad de la nada y en mitad del todo fue la hora del almuerzo. Del buche de agua. Del compartir la comida. De las risas y los bailes. Del cuidar a los caballos. De la siesta para recuperar aliento en busca de la belleza del paisaje hasta la entrada al Rocío. Al igual que ocurriera por la mañana, tras la comida, una incontable hilera de peregrinos pusieron la senda entre los verdes pinares y surcos de arena.
La dirección tenía una recompensa. La Charca. Donde bajan los ángeles y se sube al cielo. Donde sólo un bautizo desmantela el tiempo. Donde el silencio se rompe al grito de Huelva, Huelva. Donde las lágrimas cobran sentido. Y donde el camino se hace corto y se alarga al mismo tiempo. Allí se reza en silencio o cantando. Allí la Salve es himno de Huelva y La Charca se hace pequeña como un corazón de plata y agua salada. Allí, ayer, la mirada era un estampa y el oído una banda sonora. Las sevillanas sucedieron de manera espontánea alrededor del Simpecado. Piropos a Huelva. Piropos al Rocío. Y Paco Millán también cogió la guitarra. A su lado una emocionada Cinta Burguillos. La primera sevillana hizo temblar un camino que se terminó de derrumbar cuando antes de la segunda, Millán anunció que éste era su último canto en La Charca después de treinta caminos. Eso sí, seguirá cantando a su Simpecado Divino. Tampoco faltaron autoridades y caras conocidas en uno de los momentos álgidos de la hermandad. Entre ellos, el alcalde de la capital, Gabriel Cruz.
Huelva continuó su peregrinar. Siguiente parada, el barrio de las Gallinas. Allí esperó El Rocío. Que entraba Huelva. Lo hizo alrededor de las 22:00 después de dos días de un manantial de fe. Que entraba Huelva para empezar El Rocío. Y así lo hizo, dueña de la senda del camino.

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