Huelva

Almonte, la primera en llegar a su aldea

  • Cerca de una treintena de integrantes de la Escuela de Tamborileros abre la comitiva, que inicia su caminar tras la misa de romeros.

  • La Plaza de la Virgen del Rocío es escenario de uno de los momentos más emotivos

ALMONTE volvió a hacer grande su romería del Rocío. Un peregrinaje a la aldea que sus ciudadanos hacen en infinidad de ocasiones a lo largo del año pero que, en el día de ayer, fue especial: junto a su Simpecado, en hermandad y demostrando en las áreas marismeñas por qué sientan cátedra en la devoción que le profesan a su Virgen.

Los centenares de miles de personas que acuden en estas fechas a la romería pueden desdibujar la perspectiva de esta expresión mariana de la fe, en la que se festeja el júbilo del inminente encuentro con la Virgen del Rocío. Contra más grandilocuentes son los números, más necesario se hace detenernos en esos pequeños pero mayúsculos detalles que definen y dan sentido a Pentecostés.

Y es la Hermandad Matriz la que mejor sabe destilar una devoción que se ha hecho universal, pero cuya cuna y esencia sigue anidando en su tierra. La jornada de ayer volvió a estar preñada de retazos que narran al mundo esta fe, que en nuestros días es ampliamente radiada por medios de comunicación que cubrieron la salida de Almonte.

Desde primeras horas de la mañana el pulso del municipio era diferente. Cerca de una treintena de integrantes de la Escuela de Tamborileros abrían la marcha de una senda que llevaba el Simpecado de Camino hasta El Chaparral, a cuya estela se encontraba el hermano mayor, José María Acosta. Se echó en falta en este recorrido la presencia del presidente, Juan Ignacio Reales, quien por motivos de salud no pudo estar presente en estos momentos de júbilo.

En el iconográfico Alto El Molinillo, que cada siete años acoge a la Virgen de Pastora, se celebró la particular misa de romeros oficiada por el párroco Francisco Martín Sirgo. En su homilía el prelado trazó una alegoría de cómo la senda que emprenden los rocieros es "el camino mismo de la existencia", donde "tomamos contacto con los demás en torno a una misma fe". Y este principio lo siguió Almonte al pie de la letra: en hermandad, celebrando la alegría del Espíritu Santo, fieles a esa tradición con más de siete siglos de historia.

Tras la eucaristía la comitiva arrancó con el pasacalles por el núcleo urbano, donde se agolpaban centenares de personas en las calles para contemplar la majestuosa partida de la hermandad. Centenares de caballos abrían el paso, muchos de ellos pequeños que se bautizan en su primer rocío como jinetes a lomos de estos equinos. 

Al carrusel de romeros a caballo se sumaban los charretes y carriolas en fila india e incorporándose por las distintas calles y avenidas. Pero junto a la belleza de estas estampas costumbristas, la partida de Almonte también es especial en cuanto a los sonidos y aromas. En todo momento el tamboril y la flauta reinan en cada escenario, glosándonos las bondades de esta partida que lleva a muchos visitantes a desplazarse hasta el municipio para ver este acontecimiento. En el ambiente resonaban las sevillanas que se entremezclan con las partituras que ofreció la Banda de Música de Huévar del Aljarafe, que acompañó al estandarte de la Matriz hasta el final del recorrido urbano.

Antes de abandonarse a las arenas, al mediodía la Hermandad recorrería la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, donde se rezó el Ángelus y los tamborileros tocaron la Salve de la Virgen del Rocío. Se trata de la inolvidable sinfonía que compusiera Manuel Pareja Obregón en una de sus sublimes tardes de inspiración en las que tomó prestado las notas del toque del alba para reinterpretar un tema mítico que hoy día es poco menos que banda sonora de esta devoción universal, a la que pondría letra Rafael de León.

Fue uno de los momentos más emotivos, en los que se alinean todos esos detalles que hablan de la grandeza del Rocío. La música, el imponente escenario con una abarrotada Plaza de la Virgen del Rocío y la magia del momento provocaron que entre el público afloraran las primeras lágrimas de emoción. Preguntado por ello los almonteños destacaban que el origen hay que buscarlo en que se reviven momentos únicos, mientras que otros apuntaban que es el resultado de recordar a aquellos familiares que no están entre ellos; así como a aquellos que no podrán partir hacia la aldea por motivos de salud.

El fin de la música trajo consigo los aplausos del público y los destellos de los vivas que a la Reina de las Marismas le lanzan los fieles y que responden al unísono los romeros.

Desde ahí el camino de Los Llanos les serviría en bandeja esas tres leguas (15 kilómetros) que les separan de su reina. Un camino donde la meteorología quiso ser apacible, como si pretendiera congraciarse con unos peregrinos a los que el año pasado castigó de forma inmisericorde la lluvia. Esta vez el sol lució de forma generosa y en el ambiente se notó. Almonte estaba en las arenas y había que brindar por ello.

Como siempre, lo mejor al final. El tesoro de contemplar el rostro de la Señora, complaciente de tener a sus hijos junto a ella, a expensas de procesionar por una aldea que ya espera a sus 119 hermandades.

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