el poliedro

José / Ignacio Rufino

'El gerontochorizo', qué tristeza

España tiene un sistema de salud que es envidiado incluso en las dos economías más grandes del mundo.

SI hay algo de lo que debemos sentirnos orgullosos en este país es del sistema público de salud. Si hay un logro político y social que los españoles deberíamos defender con uñas y dientes es el sistema público de salud. Si hay un enemigo del que nos debemos cuidar -aunque suela vestirse de pelajes técnicos, con sus decálogos de eficiencia y sus alarmas sobre la "sostenibilidad"- es de los soldados de la erosión y privatización del sistema público de salud: de su desmontaje destinado a dejar el campo abierto a un fabuloso negocio sanitario, farmacéutico y asegurador, dejando a la salud de las personas depender de su riqueza (o pobreza). Evitémonos extendernos mucho sobre las obviedades en este asunto: que la eficiencia en el uso de los recursos es exigida, que el abuso del usuario debe ser metido en cintura, que dicho sistema es perfectamente compatible con otro de naturaleza privada para quien quiera y pueda pagarlo y recibir más comodidad en la atención. Porque resulta, más allá de consideraciones éticas, que nuestro sistema público de salud no sólo es envidiado por muchos países de mayor nivel económico y social que nosotros, sino que es sencillamente envidiable, con todos sus defectos, carencias y lagunas.

Las dos mayores potencias económicas del planeta, Estados Unidos y Japón, no tienen nada comparable a nuestro sistema público de salud. En el primerísimo mundo -si nos atenemos a magnitudes puramente cuantitativas-, si no tienes o no estás cubierto, cuídate de tener un problema con tu cuerpo o el de tus familiares. Dejemos de lado el modelo estadounidense, fundamentado en la suscripción de seguros o condenado al tercermundismo y la desatención sanitaria de los desfavorecidos -que son millones-; un modelo copernicanamente diferente en su concepción al español, alemán o francés. Hablemos de Japón. Esta semana, Financial Times ha publicado un reportaje que te deja descorazonado: "Los ancianos japoneses se convierten en ladrones para aliviar el coste de la vida". No se trata de émulos del viejo e inaprensible Luther Whitney que interpretaba Clint Eastwood en Poder absoluto, lamentablemente. Estos no robaban joyas sin dejar rastro como Luther: roban cualquier cosa en el súper con la esperanza de que los pillen una y otra vez, hasta merecer ser encerrados. Más de la tercera parte de los hurtos en tiendas japonesas los cometen personas con más de 60 años.

En Japón emerge con fuerza un nuevo perfil de criminal: el pensionista. La viejecita de irisados y cardados cabellos blancos roba hasta seis veces pequeños artículos en los supermercados, hasta conseguir su objetivo: que la metan en el trullo. Allí comerá mejor que en casa, porque su pensión es patética: la mínima, alrededor de 5.000 euros, que no cubre ni el 75% de los gastos de subsistencia digna. Desde 1991 hasta las estadísticas más frescas, de 2013, el número de recluidos por cometer repetidamente el mismo delito ha aumentado en un 460%, se ha multiplicado por más de cinco. Y otro dato para que argumenten Lagarde y otros economistas ortodoxos, sin duda perfecta y suntuosamente a cubierto durante lo que les quede de vida: el gerontochorizo es una triste tipología social que crece más rápido que el propio envejecimiento de la población japonesa, que para 2060 tendrá a un 40% de sus habitantes por encima de los 65 años. Las novelas y películas distópicas más descabelladas quizá no hubieran llegado a argumentos tan peregrinos. A nadie le debe caber duda de que la atención sanitaria pública -hablemos de la española- debe ser cuidada y precisamente gestionada. Pero ya vemos que como demos muchos pasos atrás convertiremos -también- a nuestro país en una leprosería 3.0.

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