Un ángulo de visión de 360 grados

  • El 2-6 refleja la diferencia de juego real entre el Barça y el Madrid, oculta hasta el sábado por la eficacia de los blancos en una Liga poco competitiva · Guardiola entrena con la amplitud de miras con que jugaba

Desde el 2-6 en el Bernabéu, hay cien razones para que el Barcelona sea el próximo campeón de Liga. Tantas como goles ha marcado en los 34 partidos de la Liga BBVA disputados. Antes de su magisterio en el clásico, las razones que anunciaban el alirón azulgrana atendían más a lo intangible que a lo tangible, y por eso eran mucho menores. La excelencia de su juego estaba muy por encima de su diferencia de puntos sobre su perseguidor, un Real Madrid que además parecía decidido a darle caza. Y eso estaba causando mucha zozobra en el nido barcelonista: su Barça estaba jugando como nunca, estaba puntuando como nunca y, sin embargo, el Madrid, que ni mucho menos presenta una de sus mejores versiones, estaba a su sombra dispuesto a arrebatarle el título. Hasta el sábado. Ese día ganó, más que el Barça, la lógica del juego. Quien mejor juega, suele ganar. Y si lo hace como nunca se ha visto, lo hace con un resultado de hemeroteca, de los que provocan un éxtasis en su hinchada y una catarsis en la víctima. Fue como si todo el peso de la historia de la Liga jugara el sábado a favor de quien interpreta este juego como no se recuerda.

El gran muñidor de este equipazo no es otro que Guardiola, ya que este Barça es prácticamente el del año pasado, con los retoques de Piqué y Daniel Alves. Pero los primerísimos espadas ya estaban la temporada anterior. El Noi de Santpedor llegó en verano más avalado por su currículum como jugador que por su experiencia en los banquillos. Y este mundo de lugares comunes y de prejuicios que es el fútbol -"las vacas sagradas se lo comerán..."- lo recibió con escepticismo, ironía y hasta sorna cuando se estrenó con la derrota en Soria y un empate en casa ante el Racing. Pero el bueno de Pep tardó poco en lograr que estas bocas se cerraran, primero, y que se abrieran después de asombro. Tal es el juego que su equipo suele hacer esta temporada.

Guardiola ha desdramatizado todo lo que rodea a un equipo de fútbol profesional, lo que se agradece especialmente si además ese equipo atiende por Fútbol Club Barcelona. A veces, la expedición se desplaza el mismo día del partido; tras el enorme desgaste físico y psicológico ante el Chelsea, manda día de descanso y que los jugadores se relajen comiendo pizzas, con el Real Madrid en el horizonte; en el autobús, de camino al estadio, suena a todo volumen el tema Viva la vida de Coldplay, que se ha convertido en el himno de ese buen rollo que se respira en el vestuario.

Guardiola jugaba sin aspavientos ni brusquedades y así es su mensaje en las ruedas de prensa, comedidas y sensatas. En la hierba hacía piña y también lo hace con su mando, cómplice de los jugadores. Con la pelota tenía un ángulo de visión de 360 grados, cuando la vista del hombre apenas alcanza los 180. Sabía lo que ocurría a su espalda y daba al juego lo que requería: pasar atrás, a un lado u otro, lanzar en largo o en corto, acelerar o frenar el tempo. Como entrenador, su amplitud de miras también rompe con los rancios códigos del mundillo del fútbol. Y si además Xavi, Iniesta o Messi también juegan con un ángulo de visión de 360 grados, pasa lo que pasa: que surge un equipo sin parangón.

Un equipo que ya ha sumado más puntos que ningún otro campeón de Liga desde que las victorias valen tres puntos (1995-96); que ha marcado seis goles en seis partidos del campeonato, cinco en dos ocasiones y cuatro en otras cuatro ocasiones. Que dispone de 360 minutos para hace otros ocho goles y batir la marca del Real Madrid de John Toshack, que acabó con 107 goles a favor en la campaña 1989-90. Nunca había marcado el Barcelona seis goles en el campo del Real Madrid: su victoria más abultada fue el 0-5 de la temporada 1973-74, con Cruyff como gran protagonista.

Por entonces, Pep Guardiola apenas tenía tres añitos. Aún le faltaba mucho para recibir esas lecciones de ese técnico pionero que fue Cruyff. Y mucho más para demostrar, como demuestra, que a veces los alumnos perfeccionan los manuales de sus maestros.

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