Fernández roza la perfección

  • El patinador español revalida su título mundial con un ejercicio sublime y los fallos de Hanyu

De madrugada en España, con el oro de campeón del mundo casi colgado alrededor del cuello de Javier Fernández, el japonés Yuzuru Hanyu, un patinador sublime, se arrodilló literalmente en el green room ante su gran rival en un gesto en el que mostró su respeto y admiración por un auténtico extraterrestre.

Hanyu, hombre récord en el mundo del patinaje, con la mejor marca nunca vista en la suma de los programas corto y libre (330.43, en Barcelona el pasado mes de diciembre) y actual campeón olímpico tras ganar en Sochi (Rusia), tuvo que inclinarse ante su gran amigo.

El acto del patinador nipón enseñó al mundo la admiración que se tienen ambos y, en ese instante, después de que Javier Fernández hiciera un programa libre impresionante para ganar el Mundial de Boston, fue Hanyu quien tuvo que postrarse ante una persona que conoce muy bien.

Los dos son entrenados por el canadiense Brian Orser, doble medallista olímpico en Sarajevo 1984 y Calgary 1988, y su calidad ha generado una rivalidad a la altura de grandes deportistas históricos, como Larry Bird-Magic Johnson, Alí-Frazier, Prost-Senna o Nadal-Federer.

Una rivalidad sana, basada en un compañerismo que ni siquiera se rompe durante la competición. Y, tres años después del inicio de esa rivalidad, ésta llegó a su cénit en un pabellón, el TD Garden de Boston, que fue el escenario de una remontada histórica. Hanyu tenía todo en su mano para quitarle la corona de campeón del mundo a Javier Fernández. El patinador español falló en el programa corto (fallar para los dos es no ser perfecto) con una caída mientras patinaba La Malagueña. Su falta de equilibrio le restó 4 o 5 puntos y se quedó a 12 de su rival. En total, el japonés sumó 110,56 puntos por los 98,52 de Fernández.

Javier tenía casi todo perdido. Y más ante un hombre intratable, que 48 horas antes rozó su mejor marca personal en un programa corto. En Barcelona, donde pulverizó todos los récords, alcanzó los 110,95, sólo unas décimas más que en Boston. El oro estaba prácticamente perdido y sólo una actuación estratosférica combinada con algún error de Hanyu podía mantenerlo en lo más alto del podio. Entonces, llegaron los dos milagros. Hanyu, que salió antes a la pista, falló en su primera pirueta, un cuádruple salchow. Los nervios aparecieron y el hombre de hielo se mostró frío y completó un programa poco caliente que fue acumulando más errores (salidas poco firmes, otra caída en su segundo cuádruple salchow y apoyos con la mano para no besar el hielo) hasta perder 25 puntos.

La suerte estaba echada. Javier Fernández podía remontar. Pero tenía que ser perfecto. Y lo consiguió. Se vistió de Frank Sinatra y de Marlon Brando para flotar sobre la pista al ritmo de la banda sonora de la película Ellas y Ellos. No falló en nada. Apenas en algún detalle invisible para el espectador. Los 17.000 que lo vieron en directo, acabaron entregados, algunos en pie durante el ejercicio.

Fernández dio un espectáculo digno de un campeón. Lo comenzó a las 4:26 de la madrugada en España. Sus padres, algunos amigos y sus compañeros de selección, lo animaban desde la grada. Necesitaba una nota elevada, casi un mínimo de 200 puntos. Y los superó con creces. Se exhibió. La secuencia de saltos, perfecta: cuádruple toe, cuádruple salchow y triple toe para empezar; después, un triple axel conectado con un doble toe; luego, no erró con otro cuádruple salchow, un triple flip, medio bucle y otro triple salchow. Quedaba poco y siguió firme. Clavó segundo triple axel, un triple lutz y un triple bucle. Y fin.

Javier acabó con una sonrisa. Había logrado lo impensable 24 horas antes. El oro estaba en su mano. Los jueces así lo entendieron. Logró 216,94 puntos para acumular 314,93, su mejor registro personal en la historia. Había ganado. Con su hazaña, venció un deporte minoritario en España y, por momentos, ocupó portadas de algunos periódicos digitales el día de Barcelona-Madrid.

Javier lo había conseguido, había eclipsado al todopoderoso fútbol. Y, también, ganó a la todopoderosa industria patinadora japonesa, que invierte millones en ese deporte. Hanyu, de rodillas ante su gran amigo, simbolizó esa derrota nipona ante un patinador estratosférico y de otra galaxia: Javier Fernández.

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