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Hay pescado y trigo

  • Espasa publica 'La orquesta revolucionaria', el libro póstumo de Nacho Montoto, un poemario en el que el autor cordobés se despide con esa inquietud por lo humano que caracterizó su obra

El poeta Nacho Montoto, en una fotografía tomada en 2014, cuando publicó su libro 'La cuerda rota'. El poeta Nacho Montoto, en una fotografía tomada en 2014, cuando publicó su libro 'La cuerda rota'.

El poeta Nacho Montoto, en una fotografía tomada en 2014, cuando publicó su libro 'La cuerda rota'. / d. s.

Parece revelador que Presente, primer poema de La orquesta revolucionaria, el libro póstumo de Nacho Montoto, se abra con unos versos que reivindican en la "era digital" antiguas formas de comunicación. "Dichosas aquellas personas que se conmueven / con una carta, una canción o el cruce de una / mirada en silencio. / En ellas habita la luz". Ilustrativo resulta también que unas páginas más adelante se diga que "es al tacto cuando estamos / completamente vivos"; en el contacto con el otro -nos dice el autor- es cuando hallamos la plenitud. La obra del cordobés (1979-2017) siempre estuvo vinculada al registro de lo humano: desde una riqueza formal que nunca incurría en la obviedad, desde lo que Agustín Fernández Mallo, que firma el prólogo de este nuevo volumen, define como un "potentísimo orbe estético", Montoto siempre se preocupó por el latido de sus semejantes. El escritor que eligió una voz femenina para narrar La cuerda rota, el poemario con el que se hizo con el Premio Andalucía Joven, sigue exhibiendo aquí esa empatía, esa capacidad para identificarse con los demás, como si la poesía no fuera sino ese ejercicio de generosidad, un modo de oír los mensajes que esconde el entorno. "Nunca me fiaré de alguien que no haya conversado / con una mariposa (...) Si no intentó transformarse con el paisaje no podré", asegura Montoto en el poema Cuestión de confianza.

El repentino fallecimiento de su creador, a principios del pasado año, convierte las páginas de La orquesta revolucionaria en una vivencia especialmente emotiva para el lector, que se topará con versos estremecedores -"Lo bello de morir: haber vivido"- que el poeta anotó sin conciencia de su destino y que adquieren ahora un doloroso significado. Pero el libro habría conmovido igualmente si Montoto viviera aún: sus movimientos van componiendo una hermosa sinfonía en la que se alternan la tristeza y la culpa por un mundo que no ha podido ser con una decidida apuesta por la esperanza. "No supimos hacer del planeta un hogar para viejos y / jóvenes; para negros y blancos; para hombres y / mujeres; para humanos, animales, bosques y ríos", lamenta el autor en el poema Umbría. En otro de los textos, Noticia, Montoto expresa su rabia por la pasividad con la que contemplamos el constante naufragio de inmigrantes, pero lo hace -una proeza ciertamente difícil- con una impresionante fuerza expresiva que transmite la tensión y el horror de la desgracia y aleja su obra de los lugares comunes. "Llovía sobre las olas, sobre montículos de olas que / se desplazaban en espiral derrotando a los / valientes que... a las valientes que... a las / promesas que... a los sueños que... al futuro que...", enumera.

En La orquesta... son muchos los destellos en los que queda de manifiesto la grandeza del poeta, su capacidad para acuñar imágenes prodigiosas -"que comience la sonata del hueso y del gusano"; "hay un sapo que llora en silencio la voz de los desiertos"; "la gravedad nos convirtió en manzanas"-, y es esa solidez de Montoto la que le permite defender lejos del empalago conceptos como el amor o la inocencia, que acaban erigiéndose en voces predominantes del conjunto. "Hay amor en el sudor y en la lágrima, en el fin y en el medio, en la victoria y en la derrota, en el corazón de los vencidos. Sí, en la lucha, sin duda. En la lucha hay amor", proclama en un poema, tras cerrar el anterior con una reconfortante certeza: "Fuimos, / somos / y seremos amor".

Así, la partitura que interpreta finalmente esta orquesta es la de una melodía esperanzada. En la retina del lector perdura el mensaje que dedica a su descendencia en el poema De qué hablamos cuando hablamos de futuro. "Y tú, mi inocente cachorro, / construirás ese futuro con tus manos, tu palabra y tu valentía. / Jamás con miedo -por mucho que te digan, repitan / y reiteren-, pues no es más que el temor al / futuro, ese que pintarás aunque te cuenten que / es un caballo herido. / Bienvenido a tu porvenir". Uno cierra las páginas del libro y un escalofrío de ilusión le recorre el cuerpo: tal vez el ser humano aún merezca la dignidad. Resuenan algunas palabras del autor: "Tened fe -dice-. Hay pescado y trigo para todos, sólo es / cuestión de recuperar la inocencia (...)".

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