El miedo feroz de la posguerra

  • Almudena Grandes publica 'El lector de Julio Verne', la segunda entrega de sus 'Episodios de una Guerra Interminable', un relato sobre la represión en la serranía de Jaén.

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El lector de Julio Verne. Almudena Grandes. Tusquets. Madrid, 2012. 424 páginas. 19,95 euros.

Por primera vez en la trayectoria de Almudena Grandes -y fue ella misma quien llamó la atención sobre este hecho- no hay ni rastro de Madrid en una obra suya. "La gente dice que en Andalucía siempre hace buen tiempo, pero en mi pueblo, en invierno, nos moríamos de frío. Antes que la nieve, y a traición, llegaba el hielo". Así arranca, marcando el tono de su historia, sentimental y cruda, El lector de Julio Verne, segunda entrega -tras Inés y la alegría- de Episodios de una Guerra Interminable, su particular tour de force narrativo, con Benito Pérez Galdós como santo patrón, sobre los años de la posguerra española.

En su propósito de contar la historia en letras minúsculas, esto es, a través de vidas anónimas sobre las que cayó con todo el rigor el peso del signo de su tiempo, marcado en este caso por la violencia y "el miedo como vertebrador de toda una sociedad", y de hacerlo rescatando para sus muchos lectores capítulos no excesivamente conocidos de aquella hora aciaga, la escritora madrileña ha viajado a la serranía del sur de Jaén, guiada en parte por Cristino Pérez Meléndez, un buen amigo primero de su marido el poeta Luis García Montero y desde hace algunos años también de ella misma.

En esta persona, en la actualidad catedrático de Psicología de la Universidad de Granada, está inspirado libremente el niño a través de cuya mirada Grandes explora el conocido como Trienio del Terror, de 1947 a 1949. "Fue probablemente la época más terrible de España en tiempos de paz", explicó ayer la autora. "Franco sabía que Europa no iba a atacarle y decidió acabar con la guerrilla con los procedimientos más salvajes, porque también quiso acabar con quienes la asistían, que eran sus seres queridos, todas esas personas que les daban comida y les cuidaban".

En este relato ambientado en los años de "la represión más feroz" y del "terror sistemático como forma de vida", adquiere una especial importancia la figura de Cencerro, un "legendario guerrillero" comunista aún recordado en la zona, especialmente en los pueblos de Alcalá la Real y Fuensanta de Martos, donde transcurre la acción de la novela. Cencerro acabó suicidándose, tras quedar atrapado en una situación sin escapatoria, con la Guardia Civil pisándole los talones. Una vez muerto, su cuerpo fue paseado y exhibido en la plaza del pueblo como un vulgar trofeo de competición; una "fiesta de brutalidad", denunció Grandes.

En la preciosa fortaleza de la Mota de Alcalá la Real, sitio elegido a petición de la escritora, la editorial Tusquets presentó el libro por todo lo alto. Casi un centenar de periodistas de todo el país, junto con editores, libreros y distribuidores, se desplazaron hasta allí para asistir al acto, pero lo que destacó, sobre todo, y lo que aportó al mismo emotividad fue la presencia de numerosos vecinos de la zona, entre los que había descendientes de los personajes reales que aparecen en la novela, como Esther Estremera, nieta de Cencerro, y el citado Cristino Pérez Meléndez.

La primera rememoró las dificultades que le acarreó a su familia la radical significación política de su abuelo. Pasados los años, esos temores dieron paso al orgullo, abiertamente. Estremera reivindicó, por momentos con la voz casi quebrada, el derecho de todas las personas a enterrar con honor a sus seres queridos, algo que ella pudo -más o menos- hacer con su abuelo, cuyos restos reposan en una tumba improvisada, pero que "siempre está limpia y tiene flores". Mostró además su apoyo al juez Baltasar Garzón y se permitió incluso, con mucho cariño, enmendarle la plana a la novelista. "La escena del enterramiento de Cencerro ella la cuenta de manera muy bonita, muy poética. Pero no fue así. En aquel momento mi madre y mis tías no sentían orgullo, sólo había rabia, pena y desconcierto".

A pesar de la dureza de los hechos que se relatan en ella, la novela es también un relato de aprendizaje, por lo que caben en él la ternura y la aventura. La que vive Nino, un niño de 9 años, hijo de un guardia civil que admira en secreto a las personas contra las que lucha su padre. "Se ve obligado a crecer más deprisa de lo que le toca, dividido entre lo que desea y lo que teme, entre lo que sabe y lo que calla", dijo Grandes. El niño conocerá a un forastero enigmático, Pepe el Portugués, un tipo que se asienta en un molino a las afueras del pueblo y que se convertirá en su amigo y su modelo vital. De él aprenderá "la lealtad y el coraje", mientras de la mano de unas mujeres viudas y huérfanas que viven solas en un cortijo comenzará a mirar el mundo con nuevos ojos gracias al descubrimiento de la literatura -de ahí el título de la novela-, y finalmente comprenderá que a su alrededor se libra una guerra distinta a la que presuponía, y comprenderá asimismo por qué su padre se empeña tanto en que aprenda mecanografía y acceda a la cultura.

Lo que quería mostrar con esta novela, resumió Grandes, es que "hasta los malvados tienen luces", y que el miedo provoca "una espiral que recorre la sociedad de arriba a abajo", puesto que las humillaciones que infligen los represores acaban manchando y doliéndoles también a estos. De estas cuestiones habló la autora por la tarde, en el teatro municipal de Alcalá, con el periodista Miguel Ángel Aguilar, en una convocatoria con aires de celebración de la dignidad colectiva y rebosante de público, que escuchó también la lectura de algunos fragmentos del libro por parte de Miguel Ríos y Carmen Machi.

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