Donde habita el fuego prende el mito

  • Pierre Michon aborda la sensualidad y la lujuria desde una perspectiva inédita en su fabulosa última novela.

El origen del mundo. Pierre Michon. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, 2012. 88 páginas. 12'90 euros.

¿Es Pierre Michon el mejor escritor vivo del mundo? Tal vez. Podría serlo, al menos, si aceptáramos que la literatura es una cuestión de cánones y un oficio propio de críticos, más que de autores. Sin embargo, si consideramos que la literatura es otra cosa, un valor ético y estético por sí mismo, independiente en su naturaleza radicalmente humana de prejuicios e interpretaciones efímeras, no hay más remedio que concluir que Michon (Châtelus-le-Marcheix, Creuse, 1945) es todavía mucho más: una experiencia única. A estas alturas, 28 años de la primera publicación en Francia de Vidas minúsculas, se puede celebrar ya el amplio magisterio de Michon en Europa, su consagración en los altares refrendada, y quizá no sea una paradoja, por su escritura minoritaria, fugaz, esquiva, ajena a la proyección pública y a las capillitas que siguen constituyendo el sine qua non para los practicantes más ambiciosos de la ficción literaria. También se puede trazar sin dificultad la lista de los herederos europeos de Michon, los continuadores de su estirpe, con notables ejemplos españoles como Enrique Vila-Matas y Ricardo Menéndez Salmón. Todo eso. Pero quizá va siendo hora de situar a Michon en relación al lector, el comulgante anónimo que acude a una librería y compra El origen del mundo, animado por su temática, por su grosor fino o por el mismo Michon. Porque, a lo mejor sin querer, desde que la figura de este asombroso creador cristalizó en España a menudo ha sido considerado como un escritor para escritores, o lo que es peor, un escritor para críticos. Y quizá para la crítica especializada Michon representa algo así como agüita de mayo, pero hoy toca reivindicar su obra, tan hermosa como decisiva, como un patrimonio que trasciende su propio universo (forjado en gran medida, precisamente, a partir de la creación ajena, literaria o artística) para albergar el corazón humano.

Viene todo esto a cuento porque quizá sea El origen del mundo, la última novela de Michon publicada en España, una de las obras que más cabría recomendar a quien aún no se ha adentrado en el mundo del autor y busca una puerta de acceso. No porque sea la mejor, ni la más redonda (semejante honor correspondería a Señores y sirvientes y a Cuerpos del rey, publicados también en Anagrama, o al relato Mitologías de invierno, que lanzó en su día Alfabia en un mismo volumen junto a El emperador de Occidente), sino porque es la que más se vale de la ficción pura para aterrizar en algunas de las constantes que ya se habían desarrollado en sus anteriores libros. Resulta difícil buscar en el protagonista (un maestro de 20 años enviado en los estertores de la posguerra a una pequeña villa cerca de Lascaux, donde conoce a una estanquera de 35 que suscita en él los deseos más ardientes) connotaciones autobiográficas. Mucho más difícil, al menos, que en Vidas minúsculas. Si el mismo Michon había admitido su preferencia por los personajes reales, con premisas obligadas desde las que abordar su construcción, en El origen del mundo la ficción cobra un protagonismo mucho mayor y el papel en el que escribe es, por tanto, mucho más blanco. Pero los territorios en los que penetra el relato son en buena parte los mismos: el misterio de la creación se hace menos explícito al perder sus referentes objetivos, pero la verdadera protagonista vuelve a ser la literatura; ahí está el tono confesional de la primera persona, que escribe lo recordado y lo vivido para dotar de sentido a la existencia.

A menudo ha reivindicado Michon a Faulkner, y también es El origen del mundo la novela del francés más próxima al progenitor americano. Lo es de nuevo en el aluvión de la prosa, pero también en la arquitectura de los paisajes y las emociones. En su brevedad, el relato es un juego de espejos que juega a aparentar una sola óptica cuando en realidad adopta varias, incluida, y aquí se encuentra la clave más importante de la pieza, la del lector. Sólo las dos páginas que dedica Michon a la presentación de Ivonne, la estanquera, con una descripción digna de pasar a la Historia de la literatura y a los programas académicos sobre la materia, merecen la adquisición de la novela; pero la descripción no se resuelve hacia dentro, no busca una mera perfección de la técnica (que rebasa con creces), sino que crece hacia fuera, hacia el instinto del lector. Hacía tiempo, en fin, que la literatura contemporánea no regalaba una complicidad tan abultada entre autor, personaje y testigo.

El tema de El origen del mundo es el deseo. Pero lo es de una manera inédita, que revisa con una profundidad reveladora todo lo que se había escrito al respecto (Michon demuestra además que bastan 80 páginas para lograrlo: su discreción es el signo de su maestría). Tras la exposición inicial de los sentimientos y las pasiones, el afloramiento de lo irracional, la vulnerabilidad del individuo frente a sus pulsiones y la prefiguración de la lujuria como otro argumento ético comparable al de la literatura, la narración propone la búsqueda del mito, la huella del origen, la demostración de que el fuego existía antes que nosotros. El origen del mundo es el dedo en la llaga, el dardo en el pecho. Y la constatación de que la literatura nos hace sentir menos solos.

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