La felicidad calza polainas

  • La primera novela del autor, que publicó por entregas a sus 24 años, es ya una verdadera obra maestra.

Los papeles póstumos del Club Pickwick. Charles Dickens. Trad. José María Valverde. Mondadori. Barcelona, 2004. 1032 páginas. 29 euros.

Historia disparatada que alberga una honda reflexión sobre la naturaleza humana, que contrapone la filantropía a la usura, la envidia y la mezquindad, Los papeles póstumos del Club Pickwick es la primera novela que publicó Charles Dickens. Un folletín que, inicialmente, parodiaba la afición inglesa a los deportes campestres y estaba protagonizado por una sociedad de cazadores torpes encabezada por un estrafalario gordinflón que calzaba polainas, bebía ponche y anotaba todo lo que veían sus ojos, a veces a través de su aparatoso catalejo, en un cuaderno de notas. ¿Cómo esa trama, publicada en 20 entregas mensuales entre abril de 1836 y noviembre de 1837, catapultó a su autor y le permitió, a sus 24 años, abandonar el periodismo para consagrarse a la literatura? Pues sencillamente porque, como afirmó Chesterton, su mejor crítico a decir de T. S. Elliot, "Picwick siempre será recordado como el gran ejemplo de todo aquello que hizo grande a Dickens". No importa que Casa desolada tenga la estructura perfecta o que el propio autor prefiriera de entre las suyas a David Copperfield. Los pickwickanos, como hoy los pynchonianos, constituyen una legión de incondicionales que, década tras década, ha ido sumando nuevos miembros, algunos apellidados Dostoievski, Auden y Cortázar. Lectores a los que este libro ofreció, sencillamente, horas de alegría y diversión.

En Los papeles póstumos del Club Pickwick regurgita además, tal vez como en ningún otro texto de la literatura inglesa, el amor por Don Quijote de la Mancha, a quien el niño Charles Dickens leyó con avidez y pasión gracias a la biblioteca que atesoraba su padre y en la que la obra maestra de Cervantes competía en sus preferencias con Las mil y una noches. De ambos textos absorbió su gusto por las historias de aventuras y por ese modo de escritura que trata de captar continuamente la atención del público.

A Samuel Pickwick, como a Don Quijote, le suceden numerosas anécdotas -entre las más delirantes, su estancia en la cárcel tras ser acusado de romper un falso compromiso matrimonial- en sus viajes por Inglaterra junto con tres miembros de su hermandad: el poeta asustadizo Snodgrass, el deportista gafado Winkle y el maduro Tupman, otro solterón cuya mayor debilidad son las damas. Con todo, las risas más disparatadas y las reflexiones más sinceras sobre las clases sociales las brindará el criado de Pickwick, Sam Weller, digno heredero de Sancho Panza cuyas chanzas y dichos dispararon las ventas de la serie y convirtieran a su autor en una celebridad: de mil copias en la primera entrega, los editores Chapman y Hall tuvieron que imprimir 40.000 al final.

La génesis de Pickwick aloja también un apasionante pulso entre el diseño y la escritura. Su punto de partida fue una propuesta del entonces célebre artista Robert Seymour para crear un conjunto de grabados que ilustrara el gusto de las clases populares inglesas por el deporte, que irían acompañados de un pequeño comentario. Tras sufrir varios rechazos en su búsqueda del autor de esos escuetos textos, Chapman y Hall dieron con un joven curtido como taquígrafo en las oficinas de procuradores y que se había destacado como reportero político en la Cámara de los Comunes. Dickens no desperdició el encargo y en poco tiempo logró que las peripecias de Pickwick crecieran y restaran protagonismo a Seymour que, entre estos rifirrafes y las severas crisis nerviosas que padecía, terminó suicidándose cuando sólo había completado 10 dibujos. Tomó su relevo el joven Phiz, que llegó a establecer con el escritor una fuctífera relación e ilustró la mayoría de su obra.

Leer a Pickwick es, todavía hoy, un pasaporte a la felicidad. A lomos de esos viejos caballos, por carreteras imposibles, siempre aguarda una posada hospitalaria y un fuego bien dispuesto para la amistad.

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