Un republicano pobre y educado

  • El director y el guionista de 'Los muertos no se tocan, nene' recuerdan a Rafael Azcona, autor de la novela en la que se basa la película que abrirá el Festival de Cine Europeo

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En la España provinciana de 1956 un niño que nunca antes había estado tan cerca de la muerte, de su bisabuelo cuyo cuerpo reposa en un ataúd en el salón de su casa, en ese vértigo pautado de familiares, vecinos y conocidos remando juntos de la pérdida al esperpento, él descubre algunas cosas importantes de la vida. Descubre "la vida y la muerte, el amor y su fragilidad, cómo el entorno social conspira contra nuestros deseos e ilusiones, descubre todo eso simultáneamente", dice Bernardo Sánchez, escritor, dramaturgo, profesor de Historia del Cine de la Universidad de La Rioja y amigo íntimo de Azcona a pesar de su diferencia de edad de 30 años.

El chaval, un "logroñés onanista, salido perdido y obsesionado con ser poeta", bien podría ser un trasunto del Rafael Azcona adolescente, dicen sus amigos, que tanto lo quisieron. Esa experiencia iniciática la narró el autor en su novela Los muertos no se tocan, nene y pudo haber sido -pero no fue por los imponderables del cine- la primera película como guionista de Azcona y la primera como director de su amigo Marco Ferreri. El próximo 4 de noviembre, en la inauguración del Festival de Cine Europeo de Sevilla, se recuperará ese "eslabón perdido", que habría formado un "tríptico" junto con El pisito y El cochecito, dice José Luis García Sánchez.

Él es el director de la cinta y uno de los responsables de la adaptación de la citada novela, un proceso en el que han trabajado también David Trueba y, en una segunda revisión, Bernardo Sánchez. Los tres fueron amigos de Azcona y, a causa de su muerte en marzo de 2008, como protesta o desagravio, serán siempre azconistas, admiradores de ese señor alérgico a los aspavientos, un escritor que supo retratar como nadie las ternuras y desdichas de millones de españoles, con la ligereza además de esas canciones populares que dicen la verdad.

Con motivo de ese próximo estreno en Sevilla, un proyecto que asumieron con "responsabilidad moral y estética", García Sánchez y Bernardo Sánchez recuerdan su relación con el amigo y maestro ausente. Para el primero, Azcona era "una voz"; para el segundo, "unas gafas". Parte de la misma cosa, en cualquier caso, dado que para comentar el mundo primero hay que observarlo. Azcona lo hizo con una inteligencia penetrante y una hondura nada estridente. "El paso de Rafael por este mundo fue una lección de discreción", dice Bernardo Sánchez, autor del ensayo Rafael Azcona: hablar el guión. "Unas gafas, sí -retoma-. Acercarse a su obra es ponerse unas gafas con las que se ve la medida del ser humano: la medida limitada de sus acciones y la medida ilimitada de su capacidad para la decepción".

"¡Pero amaba la vida!", añade inmediatamente. "Era un enamorado de la vida, de la vida cotidiana. Él decía siempre que lo que más le gustaba era levantarse por la mañana y saber que, un día más, estaba vivo. Que en realidad, bien pensado, es lo máximo a lo que todos podemos aspirar". De ahí, quizás, su escepticismo, su concepción del humor nunca como "chascarrillo, que le molestaba mucho", apunta García Sánchez, sino como una súbita y certera intuición para realzar o difuminar esos pequeños matices que acaban por transformar, tan humanamente, una situación trágica en un motivo cómico. "Su cine tenía siempre dos cosas: humor y poesía. Siempre, siempre. La poesía a lo mejor se ve menos, pero está ahí siempre, sólo que soterrada, con luz indirecta", añade el cineasta, que trabajó con el guionista en La corte de Faraón y Suspiros de España (y Portugal).

Siempre se habla de la extraordinaria humildad de Azcona. Lo cierto es que él, que es uno de los guionistas del cine español por excelencia, materia de estudio y veneración, prefería definirse por lo que no era. "Decía que era un poeta frustrado y un novelista frustrado. Y que el guión no es una pieza acabada, sino el boceto del edificio, ni siquiera los planos: el boceto. Cuando los críticos elogiaban sus guiones, decía: ¡menuda gilipollez!", continúa el director, para quien el "sentido crítico" que tenía Azcona lo llevaba a estar "sometiéndose continuamente a una cura de vanidad".

La austeridad, cuentan los dos amigos, fue su manera de estar en el mundo. "No dejó de ser en ningún momento un republicano pobre, todo prudencia y educación". También los afectos los gestionó sin derroches visibles. "Solía decir que los sentimientos son una falsificación de las emociones", cuenta García Sánchez, que relata cómo Azcona le pidió matrimonio a su novia. "Susan -le dijo-, creo que ya estoy maduro para casarme", y ni antes de después de esto, nunca, en definitiva, le dijo "te amo", como confesó en una entrevista en una cadena de televisión italiana. Ante la insistencia del periodista, recuerda el cineasta, el autor de los guiones de Plácido, El verdugo o La prima Angélica respondió que simplemente la quería todos los días.

Y fue en Italia, precisamente, donde en los años 60, mucho antes de este episodio, descubrió Azcona "no un cine, ni un país, sino otra dimensión de la vida". "Era como España... pero sin dictadura", dice Bernardo Sánchez. "Él iba huyendo de un país que parecía decirle que todo era malvivir y después morir, y se encontró con lo más cercano a España, pero con sensualidad y vitalismo".

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