El campesino que contaba historias

  • Fallece a los 92 años Tonino Guerra, el poeta y guionista cómplice de Antonioni y Fellini, del que firmó la obra maestra 'Amarcord' · Es autor de 104 guiones, entre ellos, cintas de Angelopoulos, De Sica, Wenders y Rosi.

Tonino Guerra, a quien tuve la suerte de tratar, era un tipo estupendo. Divertido, tierno, inteligente, generoso, imprevisible. Esto debe decirse lo primero. Porque su nombre y su obra quedarán inscritos para siempre en la memoria de su tierra romañola, a la que tanto amó, por la que tanto hizo y a la que fue tan fiel; en la memoria de la literatura italiana, gracias a sus relatos y poesías; y en la memoria del cine universal, por obra de sus guiones para Antonioni, Fellini, Rosi, De Sica, Petri, los Taviani, Monicelli, Wenders, Tarkovski o Angelopoulos. Pero ese tipo fantástico, ese culto campesino (para él ambas cosas eran lo mismo) que dio forma a algunos de los mitos del cine moderno -y del más rabiosamente moderno, además- sin desgajarse nunca de su Santarcangelo della Romagna en la que nació el 16 de marzo de 1920 y en la que ha muerto cinco días después de cumplir 92 años, ha desaparecido para siempre. Sea para él el primer recuerdo.

Hijo de un modesto campesino y de una madre analfabeta, a la que él enseñó a leer, hizo sus primeros estudios en Forlimpopoli y Urbino. El clima de la modestísima casa en la que se moldeó su carácter podría reflejarse en una anécdota. Durante la guerra se refugiaron en condiciones muy precarias en las inmediaciones del río Uso. Pero el padre lo mandaba a la casa de Santarcangelo para que diera de comer al gato que habían tenido que dejar allí. Fue así como los alemanes lo detuvieron y deportaron al campo de concentración de Troisdorf, en el que permaneció desde 1943 a 1945. Allí cuajó su amor por el dialecto de la Romaña, en el que escribió parte de su obra: otros deportados de su región le pedían que les contara historias en romañolo. Tonino empezó a escribirlas, uniéndole poesías que también les recitaba. En el campo de concentración la lengua de su tierra era su patria, su memoria, su pueblo y su vida.

Con estos relatos convertidos en libro -I scarabòcch- se marchó a Roma en 1953. Su éxito como guionista cinematográfico -104 películas desde 1957 hasta 2009- nunca le apartó de la escritura de relatos y poesías en romañolo e italiano. Deja tras sí I Bu, compilación de sus poesías en romañolo, y los libros de relatos y novelas La storia di Fortunato, Lúomo parallelo, I cento uccelli, Il libro delle chiese abbandonate o Cenere. En los años 80 volvió a su tierra, viviendo entre Santarcangelo y Pennabili (Montefeltro), para dedicarse, además de a la escritura de guiones y libros, a la pintura, la escultura, las instalaciones de poéticos nombres -Los lugares del alma, El huerto de los frutos olvidados, El árbol de la memoria- y la arquitectura del paisaje, diseñando plazas, fuentes y jardines. Además de la Romaña amó también casi como suya a Georgia, tierra fronteriza entre Occidente y Oriente que entró en su vida tras su matrimonio con una georgiana.

Este hombre extraordinario debe su fama internacional a sus guiones cinematográficos. Alcanzó la gloria pronto: debutó como guionista en 1957 con Hombres y lobos de Giuseppe de Santis como parte de uno de esos interminables equipos de guionistas propios del cine italiano de la época (junto a él figuraban De Santis, Ivo Perilli, Elio Petri, Tullio Pinelli, Ugo Pirro, Gianni Puccini y Cesare Zavatini, el pontífice del neorrealismo), y sólo tres años más tarde escribía el primer guión de la trilogía de Antonioni que daría a ambos fama internacional y gloria perdurable: La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962). La cumbre del cine moderno italiano, sólo compartida entonces por el Fellini de La dolce vita (1960) y Ocho y medio (1962) o por el Visconti de Rocco y sus hermanos (1960) y El Gatopardo (1963). Después vinieron El desierto rojo (1964), Blow Up (1967) y Zabriskie Point (1970).

Entre sus 104 películas destacan también sus trabajos con De Sica (Matrimonio a la italiana, Los girasoles), Francesco Rosi (Uomini contro, El caso Mattei, Lucky Luciano, Carmen, Cristo se paró en Eboli), los Taviani (Kaos) o Tarkovski (Nostalgia). Pero con ser estos títulos grandes, sólo igualaron la fama y la gloria que le procuraron sus películas con Antonioni las tres que escribió para Fellini: Amarcord (1973), E la nave va (1983) y Ginger y Fred (1986). La tercera, reencuentro cinematográfico entre Fellini y Guilietta Masina y primera colaboración entre los muy fellinianos Mastroianni y Masina, es hermosa y tierna. Pero las dos primeras son rotundas obras maestras. Les unió Amarcord porque ambos eran de la Romaña y esta película era el definitivo ajuste de cuentas entre Fellini y su adolescencia riminesa. Así, de recuerdos del uno y del otro, nació esta obra maestra de la memoria.

Ha muerto un hombre extraordinario y un formidable narrador de historias.

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