En defensa del patrimonio cultural

Los lavaderos públicos

Hay algunos especialistas que han hablado de ellos como casino femeninos, donde la mujer se manifestaba en toda su realidad, sin tapujos ni ambages.

Félix Sancha Soria | Actualizado 20.10.2008 - 11:39
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Algunos pueden pensar que la caída en desuso de alguno de los elementos arquitectónicos de nuestros pueblos es suficiente motivo para aplicar sobre ellos la piqueta y el marro, y es que, a veces, la especulación del suelo ha conducido a los munícipes a borrar de la faz de la tierra los pequeños signos de identidad que jalonan nuestras poblaciones. Como dice un conocido antropólogo, este patrimonio ha pasado de ser modesto a molesto, impidiendo que los nuevos arquitectos tracen líneas rectas donde siempre fueron curvas. Así, ha ocurrido con uno de los elementos más conocidos y singulares del paisaje onubense: los lavaderos públicos.

Hoy que tan en boga está entre nuestra clase política la defensa de la mujer para alcanzar esa igualdad tan justa y necesaria, se tiran al suelo sus señas de identidad, pues qué si no son los lavaderos públicos, esos espacios de sociabilización donde se refugiaba la poca libertad que la sociedad siempre les ha concedido. Hay algunos especialistas que han hablado de ellos como casinos femeninos donde la mujer se manifestaba en toda su realidad, sin tapujos ni ambages.

Allí, lavando en los refregaderos, la libertad de expresión alcanzaba sus máximas cotas cuando en España el absolutismo lo acallaba todo. Desde la política local hasta los amoríos nada le era ajeno a las abnegadas y trabajadores mujeres de pasadas generaciones. Como si de castillos se tratará, en los lavaderos, las mujeres se hacían fuertes y pocos hombres se atrevían a acercarse a un lugar donde podían ser objeto de mofa y burla.

La inmensa mayoría de nuestros lavaderos se encuentra en las sierras de Aroche y Aracena, y según el malogrado José María Medianero debieron de surgir los primeros en el siglo XIX. Los lavaderos existentes los podemos clasificar siguiendo a este autor en lavaderos descubiertos, lavaderos cubiertos, lavaderos complejos y lavaderos monumentales. Entre los primeros podemos citar el de la Fuente de Puerto Lucia (Aroche), Fuente de la Magdalena (Cumbres Mayores), Fuente del Corcho (Cortegana), Fuente Vieja (Linares de la Sierra), Fuente del Concejo (Almonaster la Real), Fuente de La Granada de Riotinto, Los Linares y Las Pilas (Zufre), Las Pilas (El Castañuelo) y los lavaderos de La Umbría y Jabuguillo. En cuanto a los cubiertos citaremos Fuente de La Albuera (Aracena), Lavadero de Triana (Los Romeros), Lavadero de Los Marines, Del Charquillo (Zufre), Fontanilla y de Arriba (Higuera de la Sierra) y Plaza de Venecia en Galaroza; lavaderos complejos tenemos el de Campofrío, Fuente del Chanza (Cortegana), Corteconcepción, Puerto Gil, Santa Ana la Real y Las Cefiñas (Aroche). Finalmente, lavaderos monumentales son el de Aroche, Linares de la Sierra y Fuente del Concejo en Aracena.

Estos son los que se han conservado, pero también hay otros que han desaparecido, como el mencionado y magnífico lavadero de Aroche abocado una parte a cocheras y la otra al abandono, o el de Fuenteheridos que apagó sus ecos por sentencia municipal.

Los lavaderos nos hablan también de la higiene de las distintas épocas y cómo no de la resistencia de la mujer, pues éstas solían lavar no sólo su ropa sino la de parientes y amigos; e incluso había algunas que escamondaban la ropa de personas que le pagaban por ello, entrando de lleno en el mercado laboral. El lavadero constituyó un gran avance, pues con antelación las mujeres iban a lavar los trapos a las riveras y barrancos del término, y como había que sortear grandes distancias se iba por la mañana temprano y volvían por la tarde. Claro que todavía les quedaba tiempo para realizar las faenas de casa e incluso ayudar en el campo.

El lavadero siempre está ligado al agua, en concreto a algún manantial que posibilite que el líquido elemento llegue por la fuerza de su peso a las piedras o pilas, cumpliendo la misión de limpiar la ropa, para después seguir su curso hacía algún barranco donde depositar las aguas sucias. Incluso en muchos de ellos representan la culminación funcional y estructural de la fuente, asociándose con el abrevadero para que beban los animales.

Pero el lavadero también representa perfectamente a la arquitectura popular o vernácula, donde se utilizan las técnicas y materiales de la zona. Sus tipologías suelen ser diferentes, pero todos están dotados de gran funcionalidad y enorme belleza. A ellos se asocia también toda una terminología que hace referencia a los instrumentos empleados en el lavado como panera, refregadero, pinzas, horquilla, lanchas, etc.

Hace unos días hemos visto como una pequeña población serrana ha tirado al suelo su lavadero público tan sólo con la justificación de construir en su espacio un aparcamiento. Se trata de Cumbres de San Bartolomé, donde ni la oposición municipal ni las firmas de más de 200 vecinos han impedido que se llevara a cabo tan singular demolición. Un lavadero que propició que las mujeres cumbreñas dejaran de visitar los fríos barrancos del término municipal, y soportar mejor las inclemencias del tiempo al amparo de una techumbre.

Según hemos podido saber, el equipo de gobierno ha considerado que su construcción en 1966, es decir, más de 40 años de vida, no es suficiente para dejar esté símbolo del trabajo excepcional de las mujeres.

No entendemos cómo en una población donde el patrimonio cultural es escaso se han permitido el lujo de tirar una de las edificaciones más singulares, la cual complementaba a la vieja fuente cercana.

Sin embargo, también hay loables ejemplos de restauración o mantenimiento de nuestros lavaderos por parte de los ayuntamientos, citaremos los casos de Higuera de la Sierra, Los Marines, Linares de la Sierra, Aracena o Campofrío. Estos hitos en el paisaje urbano son auténticas manchas de cal que como, testigos muchos, nos hablan de un tiempo donde se lavaba en el lavadero. Aunque el abastecimiento de agua a domicilio y la lavadora los han dejado relegados, constituyen un magnífico ejemplo etnográfico para enseñanza de los más jóvenes y disfrute de todos.

Finalmente, tenemos que decir que para que no suceda más lo que ha ocurrido en Cumbres de San Bartolomé la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía debería declarar todos los lavaderos existentes en la provincia como Bienes de Interés Cultural y nombrar una comisión que vele por estos conocidos elementos de nuestro patrimonio cultural, complementando así la catalogación que se está haciendo de los manantiales andaluces, y por extensión, onubenses.
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