la esquina

Conil, sin 'botellón'

| Actualizado 19.07.2010 - 01:00
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SE sorprenden gratamente algunos de que el municipio gaditano de Conil haya terminado con la práctica del botellón en sólo dos semanas, pero es lo mismo que han logrado antes cientos de pueblos y ciudades. En realidad, basta con proponérselo.

Para eso, primero, la autoridad municipal debe estar convencida. Durante muchos años era imposible acabar con el botellón precisamente porque alcaldes y concejales se habían creído que era imposible. Bueno, antes de que les pareciera imposible hubo una época en que les parecía innecesario, y también injusto para con los participantes.

La reacción más generalizada de los gobernantes ante la aparición del fenómeno del botellón en sus territorios fue el lavatorio de manos. Durante una larga temporada se limitaron a defenderlo como expresión del derecho de la juventud a divertirse al módico precio que imponía su estatus. Cuando las consecuencias nocivas del botellón (alcoholismo, ruidos, orines y basuras) se hicieron demasiado patentes y la indignación de los sufrientes vecinos demasiado obvia y activa, sacaron la monserga de que había que compaginar ese derecho a divertirse con el de los demás ciudadanos al descanso, la seguridad y la libre circulación. Como si fueran equiparables...

Todavía hubo un tiempo más de excusas: los ayuntamientos no disponían de un instrumento legal que les habilitara para prohibir las concentraciones masivas y etílicas en calles y plazas. Finalmente, cuando la autoridad nacional y la autonómica aprobaron leyes al respecto, se quedaron sin coartadas, y los munícipes tuvieron que admitir que la situación era insoportable y aplicar las normas y desarrollar ordenanzas locales cada vez más restrictivas. A regañadientes, pero lo hicieron.

Ya se ve, pues, como normal que haya botellódromos en lugares alejados de las zonas habitadas, seguros y bien comunicados y que no se deje a los jóvenes decidir dónde beben en manada a tenor de la moda cambiante de cada temporada. En Conil la moda se aposentó durante una década en torno a las carpas-discoteca de la playa y el paseo marítimo. Se pasaba tan bien allí -bebiendo, y también con otras actividades: en una semana la Guardia Civil y la Policía Local han impuesto cien sanciones por tenencia y consumo de drogas- que el botellón conileño era todo un clásico, que atraía incluso a muchachos de otras comunidades. Con eso ha acabado el Ayuntamiento, gobernado por Izquierda Unida, después de un tiempo de información y explicaciones, seguido de la represión correspondiente. Para contento de la mayoría ciudadana, que más que silenciosa había sido silenciada por la inhibición municipal, que ya terminó. En cuanto se quitaron las telarañas de la cabeza y entendieron que el único problema de orden público era precisamente el botellón.
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