Olvidados pero necesarios

Horacio / Galea / Pardo | Actualizado 17.03.2010 - 01:00
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CON la Cuaresma todas las hermandades y cofradías preparan su camino hacia el gran acontecimiento, que es la celebración de la Semana Mayor, nuestra querida Semana Santa.

Y el ritual suele cumplirse cada año de la misma forma. Es algo cíclico como la naturaleza y que parece ser inalterable, por contra está sujeto a las mínimas variaciones a excepción de las condiciones climatológicas claro, las cuales pueden hacer zozobrar la ilusión de todo un año, y por las cuales en algunas ocasiones, arrancan lágrimas de sentimiento por una salida frustrada.

Los capataces, en su conocimiento con esa usada práctica del dedo índice o corazón, han igualado a sus costaleros acariciando sensiblemente sus cuellos hasta ajustar la altura perfecta, pues la simbiosis de trabajadera y hombre junto a faja y calzado correcto, será el resultado para la culminación de un buen trabajo. En las frías noches de febrero o marzo, cuando la clásica humedad besa la arboleda con sutiles caricias, los viejos y rústicos radiocasetes encaramados en las parihuelas de los pasos, exhalan las notas de siempre en la dulzura del pentagrama y de esta forma, se hacen acompañar de las mecidas de afanosos jóvenes y mayores bajo las trabajaderas.

Los priostes, sus clásicos ayudantes de siempre junto a nuevos agregados, abrirán las puertas de los almacenes, y como si fuera una exposición cofrade algo peculiar con cierto desorden, observarán en derredor los candelabros, varales y demás enseres, los cuales habrán de presentar un brillo sin igual el día de la salida, por ello, el plan de trabajo ha sido trazado.

Y desde el puente del Matadero hasta el antiguo Molino de la Vega, o desde algún que otro polígono industrial hasta cerca de la Glorieta, se estampan baquetas en instrumentos hasta llegar al redoble de tambores y bombos, en un intento de buscar el compás bajo el frío de la noche, diciéndole a la Huelva que enmudece bajo las prisas diarias, que entre ecos doloridos de cornetas, trompetas y bombardinos, están dispuestos al acompañamiento musical de nuestros pasos en tan insigne semana.

Pero falta alguien, ¡ah! sí, me faltan los -aguaores-, esos eternos samaritanos a los que casi nadie suele dar importancia, los que en su acompañar tras el paso, aportan ese clásico manantial de frescura que alivia la sequedad del costalero.

Pero hay más, porque cuando vean ustedes un hombre portando una escalera y una caña, a la cual ata un pabilo encendido, cuyo enemigo natural es el viento, observarán a un encendedor que en su denodada actitud, trata de que la luz de cera alumbre más a la Luz. Elevado empeño el de ellos, en especial los días de alteradas brisas o empecinados vientos

Ellos, los relegados al olvido durante el año, de los que casi nadie se acuerda y se omiten en artículos y pregones, sean ahora elogiados y reconocidos por su labor.
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