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Dobles intenciones
Dobles intenciones
| Actualizado 09.09.2009 - 09:54Multicines La Dehesa Islantilla.- T.O.: 'Spread'.- Producción: Estados Unidos, 2009.- Duración: 91 minutos.- Dirección: David Mackenzie.- Guión: Jason Hall basado en un argumento de Paul Kolsby y Jason Hall.- Fotografía: Steven Poster.- Música: John Swihart.- Montaje: Nicholas Erasmus.- Intérpretes: Ashton Kutcher, Anne Heche, Margarita Levieva, Rachel Blanchard, Sebastian Stan, Sonia Rockwell, María Conchita Alonso, Hart Bochner.
La sensación de algo ya visto que dejan en el espectador muchas películas norteamericanas es cada día más frecuente y notable. La proclamación de una falta de originalidad y una continua apuesta por la taquilla sin más preocupaciones argumentales y con una renuncia manifiesta a la originalidad con tal de seguir explotando experiencias comerciales. En esta ocasión se introduce en una fórmula de comedia el recurso fácil del pretexto romántico y la expresión más atrevida de la sobrecarga erótica con atisbos de porno blando. En uno y en otro caso, en esa doble intención y mal digerida elaboración, la frustración es obvia. Ni una cosa ni la otra, ni carne ni pescado, diríamos en nuestra expresión más castiza. Se juega con la ambigüedad. Y, por un lado, queda en el clásico quiero o no puedo o no me atrevo para que no me descalifiquen y me quede fuera de la distribución y, por otro, el experimento es tan memo como sus planteamientos.
Así las cosas se nos cuenta como Nikki es un chico de vida disipada que con sus encantos y habilidades en la cama ha escalado una posición privilegiada a costa de las mujeres encandiladas por su físico y sus delicias de seducción. Organiza fiestas y disfruta sin descanso de sus conquistas al tiempo que goza espléndidamente de la mansión que en Hollywood Hills posee una abogada de mediana edad, Samantha. Todo marcha para él divinamente hasta que conoce a una camarera muy atractiva, Heather, una especie de alter ego en mujer y que tiene muchas afinidades con el protagonista. Nikki se enamorará perdidamente de ella.
Lejos, muy lejos de precedentes más notables. No digamos ya el primer Alfie de los años sesenta, con Michael Caine como protagonista; incluso la versión dirigida en 2004 por Charles Shyer, con Jude Law, o La primavera romana de la Sra. Stone (1961), de J. Quintero, con unos impagables Vivien Leigh y Warren Beatty -que también estaba en Shampoo (1975), de Hal Hasbhy- y por citar el casi emblemático American gigolo (1980), de Paul Schrader, dignos precedentes del clásico vividor a costa de las mujeres, mantenidos aprovechados por sus encantos físicos personales, que se sitúan en las más nobles antípodas de este American playboy, un tanto tontorrón que es el mejor vehículo a disposición del lucimiento y exhibición de un emergente actor joven y ambicioso como es Antón Kutcher, el precoz marido de Demi Moore, otra madurita como las que se beneficia sexualmente en esta película. A punto de estreno está Personal effects, que nos contará sus frenéticos amores con otra mujer mayor interpretada por Michelle Pfeiffer.
En suma, un cine estadounidense dispuesto a lubricar antiguas referencias aunque la sangre nunca llegue al río y la imaginación mucho menos. Se queda en esa expresión descafeinada y sosa, más por falta de tacto, de originalidad y sobre todo de inteligencia para articular intenciones lujuriosas, mórbidas y procaces, que el cine de Hollywood no siempre ha articulado con agudeza y en el que siempre asoma su irremediable y falso puritanismo. Pero esto es pedirle demasiado a este American playboy que en su dual interpretación se queda en una nueva apuesta frustrada, mitad comedia romántica, mitad erotismo de alto voltaje, tal vez refrescante, atrevida, pícara y desenvuelta para estos saldos cinematográficos que nos sirve este caluroso verano.
En suma, esta es la fugaz historia de este Nikki que se liga maduritas a las que ofrece pródigamente sexo a cambio de disfrutar de sus lujosas mansiones y un modus vivendi de lo más disoluto y espléndido. Con un Antón Kutcher luciendo atractivo, una Anne Hetche, eróticamente madura pero más bien supuesta, y una bellísima Margarita Levieva, que es la horma del zapato del impenitente play boy. Y una especie de lección final de la que pueden prescindir, si quieren, todos los espectadores.
La sensación de algo ya visto que dejan en el espectador muchas películas norteamericanas es cada día más frecuente y notable. La proclamación de una falta de originalidad y una continua apuesta por la taquilla sin más preocupaciones argumentales y con una renuncia manifiesta a la originalidad con tal de seguir explotando experiencias comerciales. En esta ocasión se introduce en una fórmula de comedia el recurso fácil del pretexto romántico y la expresión más atrevida de la sobrecarga erótica con atisbos de porno blando. En uno y en otro caso, en esa doble intención y mal digerida elaboración, la frustración es obvia. Ni una cosa ni la otra, ni carne ni pescado, diríamos en nuestra expresión más castiza. Se juega con la ambigüedad. Y, por un lado, queda en el clásico quiero o no puedo o no me atrevo para que no me descalifiquen y me quede fuera de la distribución y, por otro, el experimento es tan memo como sus planteamientos.
Así las cosas se nos cuenta como Nikki es un chico de vida disipada que con sus encantos y habilidades en la cama ha escalado una posición privilegiada a costa de las mujeres encandiladas por su físico y sus delicias de seducción. Organiza fiestas y disfruta sin descanso de sus conquistas al tiempo que goza espléndidamente de la mansión que en Hollywood Hills posee una abogada de mediana edad, Samantha. Todo marcha para él divinamente hasta que conoce a una camarera muy atractiva, Heather, una especie de alter ego en mujer y que tiene muchas afinidades con el protagonista. Nikki se enamorará perdidamente de ella.
Lejos, muy lejos de precedentes más notables. No digamos ya el primer Alfie de los años sesenta, con Michael Caine como protagonista; incluso la versión dirigida en 2004 por Charles Shyer, con Jude Law, o La primavera romana de la Sra. Stone (1961), de J. Quintero, con unos impagables Vivien Leigh y Warren Beatty -que también estaba en Shampoo (1975), de Hal Hasbhy- y por citar el casi emblemático American gigolo (1980), de Paul Schrader, dignos precedentes del clásico vividor a costa de las mujeres, mantenidos aprovechados por sus encantos físicos personales, que se sitúan en las más nobles antípodas de este American playboy, un tanto tontorrón que es el mejor vehículo a disposición del lucimiento y exhibición de un emergente actor joven y ambicioso como es Antón Kutcher, el precoz marido de Demi Moore, otra madurita como las que se beneficia sexualmente en esta película. A punto de estreno está Personal effects, que nos contará sus frenéticos amores con otra mujer mayor interpretada por Michelle Pfeiffer.
En suma, un cine estadounidense dispuesto a lubricar antiguas referencias aunque la sangre nunca llegue al río y la imaginación mucho menos. Se queda en esa expresión descafeinada y sosa, más por falta de tacto, de originalidad y sobre todo de inteligencia para articular intenciones lujuriosas, mórbidas y procaces, que el cine de Hollywood no siempre ha articulado con agudeza y en el que siempre asoma su irremediable y falso puritanismo. Pero esto es pedirle demasiado a este American playboy que en su dual interpretación se queda en una nueva apuesta frustrada, mitad comedia romántica, mitad erotismo de alto voltaje, tal vez refrescante, atrevida, pícara y desenvuelta para estos saldos cinematográficos que nos sirve este caluroso verano.
En suma, esta es la fugaz historia de este Nikki que se liga maduritas a las que ofrece pródigamente sexo a cambio de disfrutar de sus lujosas mansiones y un modus vivendi de lo más disoluto y espléndido. Con un Antón Kutcher luciendo atractivo, una Anne Hetche, eróticamente madura pero más bien supuesta, y una bellísima Margarita Levieva, que es la horma del zapato del impenitente play boy. Y una especie de lección final de la que pueden prescindir, si quieren, todos los espectadores.
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El cine ha muerto
Blog sobre series de TV refugio de la creatividad y exilio de guionistas y actores frustrados por el triunfo de los estudios de mercado en el mundo del cine.








