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Un maldito poeta, un poeta maldito
Un maldito poeta, un poeta maldito
Austral rescata para el lector el audaz ensayo de Francisco Umbral sobre la poesía de Federico García Lorca, publicado originalmente en tiempos de la dictadura
José Abad / Granada | Actualizado 18.08.2012 - 05:00Federico García Lorca fue un cadáver enojoso para el Generalísimo y su feligresía; la proyección internacional del asesinato -un poeta tiroteado en un balate entre Víznar y Alfacar- afeó el de por sí escasamente fotogénico rostro del bando nacionalista. El "pesar" por su muerte -no cabe hablar de "arrepentimiento"- obligó al régimen a rehabilitar su figura una vez terminada la contienda, abundando en una imagen de "señorito andaluz genialoide" -en palabras de Francisco Umbral-, tan vistosa como inocua, escasamente contestada. Ciertos terrenos era preferible no removerlos. A pesar de ello, Umbral no se resistió a hundir los dedos en esas tierras judas y convertir a aquel maldito poeta en un poeta maldito en un ensayo contra esa "leyenda de colores" -son también palabras suyas- con la cual el nacional-catolicismo pretendió emborronar el recuerdo del de Fuente Vaqueros.
Lorca, poeta maldito -publicado en 1968 por Biblioteca Nueva, reeditado hoy por Austral- reivindica la altura y profundidad poética de nuestro paisano y las esgrime sutil, tenazmente, contra el establishment franquista. En un prólogo escrito para la ocasión, Ian Gibson lo resume así: "Lorca, poeta maldito era y es un texto combativo y comprometido y, por lo que le tocaba a aquel régimen, sin duda alguna subversivo, aunque de ello las autoridades no se diesen cuenta". Para añadir a continuación: "La misión que se había impuesto Francisco Umbral [...] era deshacer los mitos, bulos, rumores y chismorreo que se habían ido acumulando en torno al poeta granadino". La osadía de Umbral no se agota en el tema elegido; el vallisoletano ofrece una lectura de Lorca en clave malditista que, si bien posteriormente no ha encontrado eco en los estudiosos lorquianos de más renombre, tampoco ha sido rebatida. La tesis, en líneas generales, aguanta muy bien.
¿Y en qué se fundamenta ese malditismo? Umbral señala en Lorca "tres condiciones clave del creador maldito: arraigo estético y humano en los poderes demoníacos [...]; heterodoxia sexual y muerte trágica y prematura". El primer punto sorprende, desde luego. En contra de esa fotografía solar y desenfadada, el supuesto y sugerente demonismo del andaluz -sin duda, el pilar más delicado y que más peso soporta en la argumentación- se explica por la recurrencia de lo oculto y mistérico, por el duende: "Lorca habla del duende como Baudelaire hablaba del demonio: sabiendo que no existe tal personificación, pero que con ella se simboliza y resume toda una mitad en sombra de la humanidad, la naturaleza y el mundo". Esa inclinación por lo arcano y el atavismo oscuros lo llevó primeramente hacia el pueblo gitano -Umbral tilda de sordera "tomar la gitanería de Lorca como simple folclorismo"- y, después, hacia otra raza relegada, los negros. En Poeta en Nueva York, apunta Umbral, "Lorca se coloca con Harlem frente a Wall Street, como antes se había colocado con el Albaicín frente a la Guardia Civil".
Al considerar su "heterodoxia sexual" -una etiqueta audaz, ciertamente- se ahonda en la homosexualidad de Lorca, un aspecto íntimo aireado con una voluntad reivindicativa: "Lorca es el cantor de las tres grandes razas postergadas de nuestra civilización: los gitanos, los negros y los homosexuales", leemos. Aunque hoy chirríe hablar de "raza" a la hora de referirse a la homosexualidad, la intención está clara. La escisión interior y la exclusión social, esa "pasión que no se atreve a decir su nombre", se incorpora a sus versos como venero oculto que sale a la superficie, aquí y allá, con una fuerza incontenible. Lorca se rebela contra el repudio a través de la reivindicación del sexo como forma de conocimiento. Francisco Umbral advierte de la existencia de un intenso pansexualismo: "Incesto, homosexualidad, adulterio, todas las formas proscritas de lo sexual tientan al poeta, siquiera sea literariamente. Y nunca es sólo literariamente, bien lo sabemos", apostilla.
Umbral no insiste en las circunstancias de su muerte "trágica y prematura", tercer vértice del triángulo, pues quizás no le estaba permitido llegar tan lejos, y todo cuanto hace falta para el entendimiento de la obra de Lorca se encuentra en la obra de Lorca, también la idea de la muerte. Aunque la Historia apretara el gatillo, esa noche de agosto de hace setenta y seis años, el poeta mantuvo un flirteo continuo con la Dama Negra (en cierto pasaje, Umbral especula con el título alternativo de Sexo y muerte en García Lorca para su ensayo). El libro, iluminador en todos los sentidos, nos invita a entrar en el corpus lorquiano con ojos nuevos, siempre alerta, y confirma que Francisco Umbral llevaba muchísimo tiempo pensando y repensando la poesía, no sólo la de Federico García Lorca.
Lorca, poeta maldito -publicado en 1968 por Biblioteca Nueva, reeditado hoy por Austral- reivindica la altura y profundidad poética de nuestro paisano y las esgrime sutil, tenazmente, contra el establishment franquista. En un prólogo escrito para la ocasión, Ian Gibson lo resume así: "Lorca, poeta maldito era y es un texto combativo y comprometido y, por lo que le tocaba a aquel régimen, sin duda alguna subversivo, aunque de ello las autoridades no se diesen cuenta". Para añadir a continuación: "La misión que se había impuesto Francisco Umbral [...] era deshacer los mitos, bulos, rumores y chismorreo que se habían ido acumulando en torno al poeta granadino". La osadía de Umbral no se agota en el tema elegido; el vallisoletano ofrece una lectura de Lorca en clave malditista que, si bien posteriormente no ha encontrado eco en los estudiosos lorquianos de más renombre, tampoco ha sido rebatida. La tesis, en líneas generales, aguanta muy bien.
¿Y en qué se fundamenta ese malditismo? Umbral señala en Lorca "tres condiciones clave del creador maldito: arraigo estético y humano en los poderes demoníacos [...]; heterodoxia sexual y muerte trágica y prematura". El primer punto sorprende, desde luego. En contra de esa fotografía solar y desenfadada, el supuesto y sugerente demonismo del andaluz -sin duda, el pilar más delicado y que más peso soporta en la argumentación- se explica por la recurrencia de lo oculto y mistérico, por el duende: "Lorca habla del duende como Baudelaire hablaba del demonio: sabiendo que no existe tal personificación, pero que con ella se simboliza y resume toda una mitad en sombra de la humanidad, la naturaleza y el mundo". Esa inclinación por lo arcano y el atavismo oscuros lo llevó primeramente hacia el pueblo gitano -Umbral tilda de sordera "tomar la gitanería de Lorca como simple folclorismo"- y, después, hacia otra raza relegada, los negros. En Poeta en Nueva York, apunta Umbral, "Lorca se coloca con Harlem frente a Wall Street, como antes se había colocado con el Albaicín frente a la Guardia Civil".
Al considerar su "heterodoxia sexual" -una etiqueta audaz, ciertamente- se ahonda en la homosexualidad de Lorca, un aspecto íntimo aireado con una voluntad reivindicativa: "Lorca es el cantor de las tres grandes razas postergadas de nuestra civilización: los gitanos, los negros y los homosexuales", leemos. Aunque hoy chirríe hablar de "raza" a la hora de referirse a la homosexualidad, la intención está clara. La escisión interior y la exclusión social, esa "pasión que no se atreve a decir su nombre", se incorpora a sus versos como venero oculto que sale a la superficie, aquí y allá, con una fuerza incontenible. Lorca se rebela contra el repudio a través de la reivindicación del sexo como forma de conocimiento. Francisco Umbral advierte de la existencia de un intenso pansexualismo: "Incesto, homosexualidad, adulterio, todas las formas proscritas de lo sexual tientan al poeta, siquiera sea literariamente. Y nunca es sólo literariamente, bien lo sabemos", apostilla.
Umbral no insiste en las circunstancias de su muerte "trágica y prematura", tercer vértice del triángulo, pues quizás no le estaba permitido llegar tan lejos, y todo cuanto hace falta para el entendimiento de la obra de Lorca se encuentra en la obra de Lorca, también la idea de la muerte. Aunque la Historia apretara el gatillo, esa noche de agosto de hace setenta y seis años, el poeta mantuvo un flirteo continuo con la Dama Negra (en cierto pasaje, Umbral especula con el título alternativo de Sexo y muerte en García Lorca para su ensayo). El libro, iluminador en todos los sentidos, nos invita a entrar en el corpus lorquiano con ojos nuevos, siempre alerta, y confirma que Francisco Umbral llevaba muchísimo tiempo pensando y repensando la poesía, no sólo la de Federico García Lorca.
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