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El año de las luces
El año de las luces
Vicente Quiroga | Actualizado 22.11.2008 - 01:00Es opinión unánime que este año la calidad de las películas presentadas a concurso en la Sección Oficial del 34 Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, como buque insignia del Certamen, es bastante notable, aunque también hay una atractiva muestra en otras secciones. Es algo que venía apreciándose en anteriores ediciones, lo que es prueba evidente de que a una mayor producción responde también un más destacado nivel en la realización de películas.
Y sin embargo a tantas luces se le oponen unas sombras que siguen siendo fatalmente paradójicas en los resultados prácticos del desenvolvimiento del cine latinoamericano en el mundo. Sobre todo en su propio mundo. Es curioso que la suma de mercados de habla castellana y portuguesa con unos quinientos millones de habitantes y un número de espectadores que supera sobradamente el billón al año, sean consumidores masivos de cine norteamericano y accedan en cantidades ínfimas a películas de origen latinoamericano. Y que las naciones de estas nacionalidades no hayan podido desarrollar una industria potente que supere a su gran competidor y atraiga a ese gran número de potenciales espectadores de habla hispanoportuguesa. Cuando además cinematografías limítrofes no se conocen unas a otras, cuando la exhibición foránea, en su inmensa mayoría estadounidense, es masiva con respecto a la producción local. Con todo el cine latinoamericano posee rasgos propios con autores que ya están inscritos en la historia universal de este medio de expresión y poco a poco, con gran esfuerzo, están consiguiendo darse a conocer fuera y logrando realizaciones de proyección universal.
Pura muestra son las películas que han integrado la Sección Oficial de la que nos hemos venido ocupando en el espacio crítico de las páginas dedicadas a la celebración del Festival. Destaca en esta edición la participación de Colombia que ha participado en la competición con tres títulos entre los más interesantes. Recordemos un éxito considerable logrado por la película La Virgen de los sicarios (2000), del iraní afincando en Francia, Barbet Schroeder, sobre el tema del sicariato, asunto que abordó también el mexicano Emilio Maillé en Rosario Tijeras(2005). Este año presente en la sección oficial del Festival otro mexicano Rafa Lara, realizador de La milagrosa (2008), sobre otro tema candente en el país: los secuestros. En Colombia donde en 2005 se estrenaron ocho películas colombianas, las mismas que en 2006 y diez el año pasado, estos títulos que aquí hemos visto Perro come perro (2007), de Carlos Moreno y Paraíso Travel (2007), de Simón Brand, junto al ya citado de Rafa Moreno, son un buen impulso en la trayectoria ascendente, cualitativamente hablando, del cine colombiano.
En estos valores emergentes o pujantes del cine latinoamericano actual, ocupa lugar destacado Argentina, habituada a los premios internacionales y uno de los países que logran escalar las carteleras internacionales, al menos las nuestras.
En esta ocasión el cine argentino ha vuelto a mantener su habitual regularidad en la competición fílmica onubense con dos títulos muy dignos: Mentiras piadosas (2008), de Diego Sabanés, correcta adaptación del relato de Julio Cortázar, La salud de los enfermos.
Uno más de los muchos que los cineastas argentinos llevaron a la pantalla. La segunda película, Lluvia (2007), de la joven realizadora Paul Hernández, más discreta, ha cumplido con decoro el buen papel que siempre tuvo el cine argentino en este Certamen.
Con otras dos películas México, que siempre ha tenido en su cinematografía épocas tan inconstantes e irregulares, entre momentos estelares muy brillantes, aquí ha llegado con dos títulos también distintos; Parque Vía (2008), de Enrique Rivero, un título con todos los méritos para un palmarés y Morenita (2008), de Alan Jonsson Gavira, más costumbrista, mucho más local y de raigambre puramente mexicana.
La gran sorpresa para mí ha sido Uruguay, una cinematografía tan poco habitual aquí, con Polvo nuestro que estás en los cielos (2008), de Beatriz Flores Silva, premiada en Huelva con el Colón de Oro en 2001 por En la puta vida.
El film nos devuelve a una época turbulenta en la vida política uruguaya entre los últimos sesenta y los primeros setenta. Por su parte Venezuela aportaba El enemigo (2008), de Luis Alberto Lamata, un clásico de las telenovelas en este país, con la narrativa de la violencia urbana en el contexto de la adaptación de una obra de teatro. Y con otro título la siempre pujante cinematografía brasileña, Feliz Natal (2008), de Selton Mello. Una buena técnica cinematográfica para un conflicto familiar tan lleno de sugerencias.
Chile, que ha tratado de recuperar con esfuerzo una cinematografía propia y libre, tras tantas vicisitudes, tiene una sola limitación como otros países del cono sur: una industria cinematográfica con pocos medios de producción.
La buena vida (2007), de Andrés Wood, es otro valioso ejercicio fílmico sobre la evidencia actual del país. Y en fin España nos ha propuesto una adaptación de tres obras de Ramón María del Valle Inclán en Esperpentos (2007), de José María García Sánchez, una demostración más de lo bien que se encuentra mi paisano, el director salmantino, entre las páginas ácidas, corrosivas, transgresoras y geniales del irrepetible escritor gallego.
Y sin embargo a tantas luces se le oponen unas sombras que siguen siendo fatalmente paradójicas en los resultados prácticos del desenvolvimiento del cine latinoamericano en el mundo. Sobre todo en su propio mundo. Es curioso que la suma de mercados de habla castellana y portuguesa con unos quinientos millones de habitantes y un número de espectadores que supera sobradamente el billón al año, sean consumidores masivos de cine norteamericano y accedan en cantidades ínfimas a películas de origen latinoamericano. Y que las naciones de estas nacionalidades no hayan podido desarrollar una industria potente que supere a su gran competidor y atraiga a ese gran número de potenciales espectadores de habla hispanoportuguesa. Cuando además cinematografías limítrofes no se conocen unas a otras, cuando la exhibición foránea, en su inmensa mayoría estadounidense, es masiva con respecto a la producción local. Con todo el cine latinoamericano posee rasgos propios con autores que ya están inscritos en la historia universal de este medio de expresión y poco a poco, con gran esfuerzo, están consiguiendo darse a conocer fuera y logrando realizaciones de proyección universal.
Pura muestra son las películas que han integrado la Sección Oficial de la que nos hemos venido ocupando en el espacio crítico de las páginas dedicadas a la celebración del Festival. Destaca en esta edición la participación de Colombia que ha participado en la competición con tres títulos entre los más interesantes. Recordemos un éxito considerable logrado por la película La Virgen de los sicarios (2000), del iraní afincando en Francia, Barbet Schroeder, sobre el tema del sicariato, asunto que abordó también el mexicano Emilio Maillé en Rosario Tijeras(2005). Este año presente en la sección oficial del Festival otro mexicano Rafa Lara, realizador de La milagrosa (2008), sobre otro tema candente en el país: los secuestros. En Colombia donde en 2005 se estrenaron ocho películas colombianas, las mismas que en 2006 y diez el año pasado, estos títulos que aquí hemos visto Perro come perro (2007), de Carlos Moreno y Paraíso Travel (2007), de Simón Brand, junto al ya citado de Rafa Moreno, son un buen impulso en la trayectoria ascendente, cualitativamente hablando, del cine colombiano.
En estos valores emergentes o pujantes del cine latinoamericano actual, ocupa lugar destacado Argentina, habituada a los premios internacionales y uno de los países que logran escalar las carteleras internacionales, al menos las nuestras.
En esta ocasión el cine argentino ha vuelto a mantener su habitual regularidad en la competición fílmica onubense con dos títulos muy dignos: Mentiras piadosas (2008), de Diego Sabanés, correcta adaptación del relato de Julio Cortázar, La salud de los enfermos.
Uno más de los muchos que los cineastas argentinos llevaron a la pantalla. La segunda película, Lluvia (2007), de la joven realizadora Paul Hernández, más discreta, ha cumplido con decoro el buen papel que siempre tuvo el cine argentino en este Certamen.
Con otras dos películas México, que siempre ha tenido en su cinematografía épocas tan inconstantes e irregulares, entre momentos estelares muy brillantes, aquí ha llegado con dos títulos también distintos; Parque Vía (2008), de Enrique Rivero, un título con todos los méritos para un palmarés y Morenita (2008), de Alan Jonsson Gavira, más costumbrista, mucho más local y de raigambre puramente mexicana.
La gran sorpresa para mí ha sido Uruguay, una cinematografía tan poco habitual aquí, con Polvo nuestro que estás en los cielos (2008), de Beatriz Flores Silva, premiada en Huelva con el Colón de Oro en 2001 por En la puta vida.
El film nos devuelve a una época turbulenta en la vida política uruguaya entre los últimos sesenta y los primeros setenta. Por su parte Venezuela aportaba El enemigo (2008), de Luis Alberto Lamata, un clásico de las telenovelas en este país, con la narrativa de la violencia urbana en el contexto de la adaptación de una obra de teatro. Y con otro título la siempre pujante cinematografía brasileña, Feliz Natal (2008), de Selton Mello. Una buena técnica cinematográfica para un conflicto familiar tan lleno de sugerencias.
Chile, que ha tratado de recuperar con esfuerzo una cinematografía propia y libre, tras tantas vicisitudes, tiene una sola limitación como otros países del cono sur: una industria cinematográfica con pocos medios de producción.
La buena vida (2007), de Andrés Wood, es otro valioso ejercicio fílmico sobre la evidencia actual del país. Y en fin España nos ha propuesto una adaptación de tres obras de Ramón María del Valle Inclán en Esperpentos (2007), de José María García Sánchez, una demostración más de lo bien que se encuentra mi paisano, el director salmantino, entre las páginas ácidas, corrosivas, transgresoras y geniales del irrepetible escritor gallego.
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