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La verdad del Rocío
la ciudad y los días
La verdad del Rocío
| Actualizado 01.06.2009 - 10:35AUNQUE mil veces se disfrazara su verdad mil veces caerían los disfraces, vencidos por la fuerza que siempre tiene lo verdadero para imponerse por sí mismo. Aunque mil veces se enterrara su verdad mil veces emergería, porque la verdad -como dijo el clásico- puede eclipsarse, pero nunca extinguirse. Así sucede con la verdad del Rocío. Nada tienen por ello que hacer quienes la disfracen desde dentro mismo de sus entrañas de gozo viviéndolo mal, desvinculando la fiesta y la alegría de la memoria personal y la emoción sagrada en que se arraigan; y quienes la disfracen desde fuera, por mala voluntad o desconocimiento, reduciéndola a la caricatura de sus excesos. Nada tienen tampoco que hacer quienes pretendan enterrarla como algo desfasado que toma lo sagrado como pretexto para montar una fiesta o un escaparate de ostentaciones.
Nada tienen que hacer porque año tras año, y así desde hace siglos, la verdad del Rocío no ha hecho sino crecer a través del tiempo y el espacio desde que la imagen fue esculpida en el siglo XIII hasta que el manriqueño Goro Medina la encontró escondida en el hueco de un acebuche de Las Rocinas en el XV; desde que ese mismo siglo la hermandad matriz de Almonte le dio culto hasta que esta villa la nombró su patrona en 1653; desde que sólo los almonteños, manriqueños y pileños, seguidos por los devotos de la Palma y Sanlúcar de Barrameda, le daban culto hasta que, con la fundación de la hermandad de Triana en 1813, su devoción empezó a extenderse por toda Andalucía y toda España hasta sobrepasar el centenar de hermandades filiales.
Peregrinando su devoción a través de los siglos sobre tantos corazones almonteños, manriqueños, pileños, palmerinos, moguereños, sanluqueños o trianeros -y así hasta las más jóvenes filiales de Palomares o Morón- como mañana su imagen será llevada sobre hombros almonteños, es la portentosa, sabia, ensimismada y sonriente imagen de esta Virgen que baja la mirada con la modestia de la doncella de Nazaret y el orgullo de saberse Madre de quien es, la que atrae a los miles y miles de peregrinos que saben por qué y por quién han caminado a través de los campos; y por qué y por quién están hoy allí. Es cosa de devoción heredada, no aprendida; vivida, no sabida; ejercitada en hermandad y obras de misericordia, no sólo expresada en esta fiesta y esta alegría que son la flor vistosa de un árbol cuyas raíces se hunden en el amor, la emoción y la memoria de quienes, sintiéndolo y viviéndolo, hacen el Rocío. Ya lo dijo Séneca, que al fin era andaluz: "Hay cosas que para saberlas no basta con haberlas aprendido".
Nada tienen que hacer porque año tras año, y así desde hace siglos, la verdad del Rocío no ha hecho sino crecer a través del tiempo y el espacio desde que la imagen fue esculpida en el siglo XIII hasta que el manriqueño Goro Medina la encontró escondida en el hueco de un acebuche de Las Rocinas en el XV; desde que ese mismo siglo la hermandad matriz de Almonte le dio culto hasta que esta villa la nombró su patrona en 1653; desde que sólo los almonteños, manriqueños y pileños, seguidos por los devotos de la Palma y Sanlúcar de Barrameda, le daban culto hasta que, con la fundación de la hermandad de Triana en 1813, su devoción empezó a extenderse por toda Andalucía y toda España hasta sobrepasar el centenar de hermandades filiales.
Peregrinando su devoción a través de los siglos sobre tantos corazones almonteños, manriqueños, pileños, palmerinos, moguereños, sanluqueños o trianeros -y así hasta las más jóvenes filiales de Palomares o Morón- como mañana su imagen será llevada sobre hombros almonteños, es la portentosa, sabia, ensimismada y sonriente imagen de esta Virgen que baja la mirada con la modestia de la doncella de Nazaret y el orgullo de saberse Madre de quien es, la que atrae a los miles y miles de peregrinos que saben por qué y por quién han caminado a través de los campos; y por qué y por quién están hoy allí. Es cosa de devoción heredada, no aprendida; vivida, no sabida; ejercitada en hermandad y obras de misericordia, no sólo expresada en esta fiesta y esta alegría que son la flor vistosa de un árbol cuyas raíces se hunden en el amor, la emoción y la memoria de quienes, sintiéndolo y viviéndolo, hacen el Rocío. Ya lo dijo Séneca, que al fin era andaluz: "Hay cosas que para saberlas no basta con haberlas aprendido".
Ganadores del 'Concurso de Fotografía Artística El Rocío 2011'
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Reportaje gráfico: Alberto Domínguez







