La escritura de ultratumba

Las 'Historias de fantasmas' de Dickens constituyen un festín que merece figurar entre los hitos del autor.

Pablo Bujalance | Actualizado 25.01.2012 - 07:49
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Para leer al anochecer. Charles Dickens. Trad. Mariam Womack y Enrique Gil-Delgado. Impedimenta. Madrid, 2009. 240 páginas. 19 euros.

Posiblemente no haya nada más sencillo que relacionar a Charles Dickens con los fantasmas. Su texto más conocido y quizá más universal, A Christmas Carol, es, en esencia, un cuento de fantasmas, y en sus mimbres el autor inglés vinculó para siempre a los espectros con la Navidad haciendo gala de una eficacia sin precedentes. A lo largo de la práctica de su oficio, especialmente en su madurez, Dickens regresó a los fantasmas, dentro y fuera de la Navidad, en ocasiones que la crítica ha considerado siempre secundarias pero que hoy, sin embargo, se revelan poderosamente cargadas de intenciones en ámbitos muy distintos de la propia personalidad del escritor y de su tiempo. En el marco estético del realismo europeo del XIX, por poner alguno (quizá la primera lección de Dickens es que la novela, y también el relato, en cuanto creaciones de mundos, son aparatos demasiado complejos para atender a etiquetas de reconocimiento inmediato), la escritura de las ficciones fantasmales se consideraban un capricho lisérgico; de alguna forma, negar la influencia incontestable de una pieza tan maravillosa como El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann (aparecida en 1817) en todo el paisaje posterior al romanticismo no significaba ni más ni menos que negar la evidencia, así que estas licencias se concedían, si se quiere, como guiño a los extravagantes que durante todo el periodo decimonónico insistieron en mantener la tradición romántica a base de supercherías de ultratumba. Otra cosa es la intención con la que los escritores acudieran a los espectros: también Benito Pérez Galdós escribió cuentos de fantasmas, y en ellos se percibe el mismo retrato de la burguesía más anclada en el antiguo régimen que poblaron sus novelas más reconocidas, aunque con dosis reforzadas, si se quiere, de parodia y veneno.

En cuando a Dickens, el lanzamiento en 2009 del libro Para leer al anochecer. Historias de fantasmas a cargo de la editorial Impedimenta, con trece relatos (algunos independientes, otros extraídos de textos mayores) de significativa y rotunda adscripción al género de terror en su más amplia interpretación, constituyó uno de los fenómenos literarios más felices de aquel año. Entonces, al fin, pudimos leer estas historias como lo que son, no sólo un verdadero festín para devoradores que consumíamos las 240 páginas del volumen en una noche de irrepetible placer, sino también la confirmación de que estos testimonios del más allá constituyen, con mucho, uno de los hitos indiscutibles del corpus dickensiano, a la altura de Grandes esperanzas y Tiempos difíciles. Lo bueno de Para leer al anochecer es que uno encuentra en sus páginas exactamente lo que busca: apariciones causantes del delirio, visiones que anticipan el desastre, ruidos que afloran de rincones en los que nunca antes se había reparado, algo que parece deslizarse en las cortinas, el crujir de las tablas, niños raros que no deberían estar ahí, pero también regresados que, con sus nombres y apellidos, intervienen de manera clave en las vidas de los aterrorizados protagonistas. Pero, ¿acaso no es Oliver Twist una novela plagada de fantasmas sin que aparezcan como tales? ¿No fue, de hecho, el gusto de Dickens por lo grotesco uno de los argumentos que le valieron sus peores críticas, especialmente en sus comienzos? En estas Historias de fantasmas lo grotesco no se da en mayor medida que en otras novelas; pero sí se expresa con menos intermediarios, sin velos, de modo que en el fantasma lo que brinda Dickens ante todo es una reivindicación de sí mismo.

Cuando escribe sobre fantasmas, el inglés lo hace sobre algo que no le es ajeno. La muerte es una constante en su biografía, con la desaparición traumática de su padre y la trágica pérdida de su hija. Mucho más tarde también falleció su esposa, de la que sin embargo llevaba ya más de 20 años separado (todo un escándalo para un anglicano de férrea moral como la suya) y de cuya manutención se hizo cargo, no obstante, hasta su muerte. Pero si un episodio marcó a fuego el corazón ya de por sí apesadumbrado del escritor fue el accidente ferroviario que tuvo lugar en Staplehurst en junio de 1865. Dickens, que regresaba de Francia, viajaba en el único de los ocho vagones del tren que no cayó al vacío desde un puente en obras. El novelista vio en primera línea el miedo, los cadáveres, la ruina implacable. El año siguiente dio cuenta de la experiencia en el relato crepuscular El guardavías, incluido en este libro y en el que el responsable de la seguridad en un cruce ferroviario sufre continuas visiones que le advierten de un accidente terrible y de inevitable suceso. En otros cuentos como El juicio por asesinato y El fantasma en la habitación de la desposada Dickens trasciende su memoria para presentar una Inglaterra en la que los vivos no tienen más remedio que compartir espacio con los muertos. Y el sueño victoriano se hizo pesadilla.
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