Un ingeniero andaluz en el reino de Sadam Hussein

  • El almeriense José Luis Torres trabajó en los 80 para Irán e Iraq en la fabricación y el diseño de material bélico · Bajo las órdenes del ex dictador iraquí perfeccionó los misiles scud y con Jomeini trabajaba vigilado por dos guardianes armados

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Próximo a la frontera de los sesenta años, el almeriense José Luis Torres Cuadra ha sido un singular personaje del pasado siglo cuando, por circunstancias de la vida, se convirtió en teniente coronel honorífico de Sadam Hussein. El ex dictador iraquí contrató a Torres para fabricar armas, un cometido sobre el que el ingeniero aeronático andaluz ya había adquirido experiencia previa diseñando material bélico en Filipinas, Siria e Irán.

En ese último país, Torres Cuadras sufrió un atentado que pudo costarle la vida y que finalmente se saldó con la amputación de tres dedos de la mano izquierda por la detonación de un artefecto. En el invierno de 1982 un contrato le llevó hasta Teherán como experto en cohetes balísticos. Un destino que se fraguó en Madrid donde dos hombres, un español y un iraní a los que no conocía, contactaron con el ingeniero proponiéndole trabajo en Irán desarrollando misiles.

La oferta pasaba por el pago de quince millones de dólares para desarrollar un proyecto de su propia creación: un proyectil perforador antitanque de 12 centímetros de longitud destinado al ejército de los pasdaran, brazo armado de la revolución islámica del ayatolá Jomeini. Unos 5.000 hombres estuvieron a sus órdenes mientras dirigió el principal complejo de fabricación de armas de la revolución iraní.

Sin embargo, durante su estancia fue tratado casi como un prisionero. Fue engañado y retenido durante ocho meses trabajando sin descanso en un polígono militar de la capital iraní bajo la atenta mirada de sus guardianes, que velaban por él metralletas en mano.

La dramática situación del ingeniero andaluz en Irán, que coincidió con la guerra con Iraq (1980-1988), llegó al extremo de que le hicieran firmar a punta de pistola un documento en el que se establecía que en caso de morir el español, los quince millones de dólares ofrecidos pasarían a las filas del ejército.

Torres Cuadra, de quien se dice que desde los 17 años se carteaba con los expertos en ciencia armamentística Werner Von Braun y Herman Oberth, llegó al límite de su aguante al ser objetivo de un atentado. Fue la mañana del 15 de diciembre de 1982, cuando sue guardianes utilizaron una espoleta preparada para detonar cuando la tocase. Se salvó al golpear de rabia la mesa donde trabajaba y la bomba le estalló en la mano arrancándole tres dedos, que él mismo recogió y guardó en formol.

Aunque tras su recuperación los mandos militares le concedieron cierta mejoría del trato personal, tras el antentado, su obsesión era huir de Irán ante el riesgo de perder la vida. El primer paso fue lograr el contacto telefónico con un amigo en Madrid al que le dio una serie de claves y le informó de la situación que estaba viviendo. La Embajada española en Teherán se movilizó y José Luis Torres recibió la vista del cónsul. Tras varias semanas de incertidumbre y gestiones diplomáticas, finalmente el 26 de junio de 1983 el ingeniero llegaba a Madrid tras ocho meses de cautiverio.

Su experiencia tuvo amplio eco entre los medios de comunicación españoles, lo que le llevó a vivir su segunda aventura. En una entrevista a TVE tras su liberación, José Luis Torres Cuadra expresó con toda claridad su resentimiento contra los iraníes, e incluso se ofreció ante las cámaras a trabajar en contra de Jomeini. Un día después de la emisión de la entrevista, dos miembros de la embajada de Iraq en Madrid se presentaron en su casa proponiéndole trabajar para Sadam Hussein con la intención de mejorar la versión de los misiles scud de procedencia soviética que ya se habían quedado anticuados. Los visitantes le señalaron como objetivo alcanzar a Israel, algo imposible de lograr con las armas con las que contaban. La idea era quitar carga explosiva a los cohetes y añadir combustible para que pudieran llegar hasta Jerusalén. En la propia Embajada iraquí pidió un mapa de Teherán y sobre el plano señaló la fábrica en la que estuvo trabajando para las autoridades iraquíes, para poder destruir todo lo que había construido para ellos.

Torres dijo sí e inició una nueva etapa alojado en hoteles de lujo. El ingeniero diseñó las rampas de lanzamiento y los cohetes Al Hussein -tres, aunque ninguno fue lanzado durante la Guerra del Golfo- con un alcance de hasta 2.600 kilómetros y el Scud-Al Abbas. Formó un equipo con un alemán, un norteamericano y dos chinos, y era el único español al mando del proyecto, aunque en Iraq había otros muchos españoles trabajando para Sadam Hussein.

En agosto de 1990, cuando Iraq invadió Kuwait, el ingeniero almeriense estuvo en el punto de mira de la CIA y de otros servicios de Inteligencia, porque pensaban que era responsable de los ataques a Jerusalén. Pero ya para entonces, aunque fue reclamado de uevo por Iraq, donde conoció el ántrax y la guerra bacteriológica, el ingeniero andaluz se negó en redondo a volver. José Luis Torres Cuadra manifestó entonces que Iraq no tenía armas de destrucción masiva y añadió que, para que un misil llevase armas biológicas o bacteriológicas, la cabeza armada lleva un tipo de anclaje al misil diferente del armamento convencional, una tecnología de la que carecían en Iraq. "No es que lo crea, yo lo sé mejor que pueda saberlo nadie", aseguró.

Entre los numerosos proyectos científicos desarrollados por el ingeniero almeriense resalta entre otros un detector de seísmos que creó en 1973 y bautizó con el nombre de Prometeo. Antes, en 1963, fabricó un cohete al que bautizó como España I, que podía alcanzar los 50.000 metros de altura y que le valió el premio Dulcinea. Tres años después colocó en órbita el Adoko, a través de un lanzamiento que hizo desde la playa de Cabo de Gata. En España durante unos años se ha dedicado a la construcción de plantas desaladoras no contaminantes.

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