La gran inundación

  • Una gran tormenta, o quizá un 'tsunami', forzó la entrada de las aguas del Atlántico por el Estrecho en lo que era una inmensa cuenca desecada · El Mediterráneo tardó en reinundarse menos de dos años

Puede que muchos andaluces no sepan que el mar que baña la mitad de nuestras costas, el que nos trajo ayer la civilización de oriente y el que hoy nos arroja la desesperación de África, el Mare Nostrum, estuvo una vez prácticamente seco. Volvió a convertirse en el mar que hoy conocemos mediante la que fue -según publicó el pasado viernes la prestigiosa revista Nature- la mayor inundación de toda la historia del planeta. Les cuento.

Imagínese que las fuerzas que mueven los continentes levantaran una sierra que comunicara Algeciras con Ceuta cerrando lo que hoy es el Estrecho de Gibraltar. Rota la comunicación con el único océano que nutre de agua al Mediterráneo, los ríos no podrían compensar la evaporación y con el tiempo ese mar entre tierras terminaría desecándose. Imagínese que puede caminar por el interior del Mediterráneo, desde Algeciras a Estambul. Bueno, caminar no, mejor en un todoterreno acondicionado porque atravesaría un desolado desierto que estaría -en promedio- un par de kilómetros por debajo del nivel de los océanos. Algo parecido al Valle de la Muerte, aunque aún más inhóspito, con medias anuales rondando los 45º C, en donde la vida sólo asomaría -quizás- en las lagunas de salmueras que quedarían anegando las zonas más bajas. Si viene desde Oriente, por la llanura abisal jónica rodearía el único lago restante, que recoge las aguas del Nilo hasta que se evaporan, situado a más de dos kilómetros por debajo del nivel del mar. Un verdadero infierno del que saldría subiendo hasta el umbral de Sicilia que divide el Mediterráneo en dos. Desde él, bajaría por el paso de Cerdeña hacia la llanura balear y desde allí remontaría por la cuenca de Alborán hasta coronar lo que sería el puerto de Gibraltar. Entonces bendeciría la vista refrescante del océano Atlántico. Durante ese recorrido rodaría sobre espesas capas de sales que dejó la evaporación del mar. Sal común como la de nuestras salinas; yesos como los que hoy vemos en Sorbas, sulfatos como los de las lagunas manchegas. A veces, tendría que atravesar lodazales de barro y rodearía alguna que otra charca de aguas tan saturadas como las del Mar Muerto actual. Pero durante todo el recorrido quedaría fascinado por las profundas gargantas y los inmensos cañones que habrían excavado el Nilo, el Po, el Ródano, el Ebro y todos los ríos que ya no desembocaban en un mar, sino que verterían sus aguas en cascadas que se precipitaban hacia la nada. Pues bien, todo eso que acaba de imaginar, ocurrió realmente hace cinco millones y medio de años.

Un grupo de científicos liderado por Daniel García-Castellanos del Instituto de Ciencias de la Tierra del CSIC en Barcelona ha desvelado ahora cómo ocurrió la inundación que devolvió las aguas trescientos mil años más tarde. Para entender su trabajo conviene ponernos en situación otra vez. Veamos. Si camináramos por el corredor de tierra que unía Algeciras con el norte de África, a nuestra derecha, al Oeste, tendríamos las paradisíacas playas del Atlántico y a la izquierda, hacia Levante, la inmensa hondonada seca y yerma del Mediterráneo. Todo comenzó muy probablemente con un gran tormenta; o quizás un tsunami. Una gran ola -como la que rompió las murallas de Cádiz en 1755- atacó la barrera de roca que se interponía entre el violento océano y la hondonada sedienta situada tras ella. Quizás esa ola no lograra abrir una boca de agua permanente hacia el Levante, pero sucesivas tormentas harían el trabajo. Tan pronto como comienza a caer agua al otro lado de la barrera derribada, el fenómeno es imparable. La enorme energía potencial de los 1.500 metros de desnivel entre ambos lados de la barrera, dispara la física que Daniel García-Castellanos y sus colegas han metido con talento en el problema. Y da cuenta de la mayor inundación que jamás ocurriera sobre la Tierra.

Muchos lectores tendrán una vívida imagen de las cataratas del Niágara, ya sea porque tuvieron la suerte de visitarlas o porque tienen en la memoria la inolvidable película de Marilyn Monroe. Por las cataratas del Niágara caen en promedio unos 110.000 metros cúbicos de agua por minuto. Aunque impresionante, ese caudal es siete veces menor que el de las cataratas del Iguazú en la frontera entre Argentina y Brasil, que vierten 765.000 metros cúbicos por minuto. Eso es nada, comparado con lo que ocurrió aquí hace cinco millones de años. La descarga de agua llegó a ser 10.000 veces mayor que en Iguazú, es decir que por el estrecho bajaba 70.000 veces más agua que por las cataratas del Niágara. Pero bajaba, no caía, porque los investigadores concluyen que no se produjo una catarata, como se creía hasta ahora. La corriente se abrió paso mediante varios torrentes que pronto se hicieron uno; un colosal rápido por el que el agua avanzaba a 140 kilómetros por hora. La energía desarrollada era tal que la erosión profundizaba el cauce casi medio metro al día, haciendo retroceder el umbral inicial por el que nos habíamos paseado entre Algeciras y Ceuta, a la posición actual frente al Faro de Camarinal y a Tánger. Porque ha de saber que si pudiera caminar actualmente desde el Mediterráneo al Atlántico, el punto más alto no está en el Estrecho propiamente dicho sino en ese umbral de Camarinal, frente a las playas de Bolonia. La posición de ese umbral es el resultado de esta megainundación. En el momento cumbre, cuando el Mediterráneo occidental se llenó rebosando por el umbral de Sicilia y comenzó el relleno de la cuenca oriental, la entrada de agua era tal que el nivel del mar subía 10 metros al día. Por poner un símil, a esa velocidad de avance del mar, Sevilla tardaría hoy una noche en inundarse.

Mis colegas del CSIC sostienen que el Mediterráneo se inundó totalmente en menos de dos años. Esa inundación dejó una incisión en el fondo marino de casi 200 kilómetros de longitud y unos 8 kilómetros de anchura, la culpable de las dificultades técnicas encontradas para unir África y Andalucía mediante un túnel a través del Estrecho. Los materiales inconsistentes que rellenaron esa gran incisión separada en dos por el monte Tartessos hacen el túnel impracticable a su altura, por lo que necesariamente debe ser más profundo y costoso. Pero como todas las buenas investigaciones, los resultados de García-Castellanos abren nuevos interrogantes. Su estudio ha demostrado que esta inundación fue un acontecimiento catastrófico, por lo que el peso repentino de la columna de agua sobre el Mediterráneo debió equilibrarse mediante movimientos sísmicos que afectarían a toda la región. Pero, sobre todo, el desvío brusco hacia el Mediterráneo de ese inmenso volumen de agua debió provocar cambios en la dinámica general de los océanos que afectarían al clima de la Tierra y cuyos registros se habrán de buscar para entender mejor un planeta que tiene un pasado desconocido y, por lo tanto, un futuro incierto.

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